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La violencia machista

A Ortega Smith, desde el infierno

LEONARD BEARD

A Ortega Smith, desde el infierno

Emma Riverola

No fuiste capaz de mirar a los ojos a Nadia Otmani. Acostúmbrate, todas las que hemos muerto y las que vamos a morir no dejaremos de mirarte

Soy la mujer que aún no ha muerto. Tengo muchos nombres. También edades. Y acentos. Mis tejanos cuestan 20 o 200 euros. Soy doctora, cajera de supermercado, empresaria o ama de casa. Tengo niños. También podría no tenerlos, pero en esta carta que yo no escribo, mejor nombrarlos. Si ellos también mueren, al menos quedarán unas líneas en su memoria.

Soy consciente de que hablo de muerte, no de asesinato. Pero es que aún me parece irreal que yo sea la protagonista de esta historia. Esa palabra, la que no quiero mencionar, me lleva a los libros de Agatha Chistie que leía de niña, con sus pistolas, cuchillos o venenos en las portadas. También a 'thrillers' y películas de miedo. Ahora soy yo la que vivo en una espiral de terror. Y siento que no puedo salir de ella. Tampoco tengo muy claro cómo empezó todo, cuándo llegaron las sombras.

Porque, al principio, todo fue luz. Él era divertido, atento, apasionado. Me quería tanto. Tanto. Me sentía la mujer más amada del mundo. Quizá por eso disculpé sus primeros comentarios con una sonrisa. No me seas ‘celosón’, le decía divertida. Él también reía. Reíamos los dos de lo tanto, tanto que me quería. Hasta le ponía nervioso que quedara con mi amigo de la infancia. Para ser homosexual, bien que te achucha, decía él medio en broma, medio en serio. Tardé años en descubrir que siempre iba en serio.

Él pasó épocas difíciles en el trabajo. A mí me ascendieron. Buen sueldo, más responsabilidad y menos tiempo para la casa. También vinieron los niños. Las noches sin dormir. Los juguetes invadiéndolo todo. Las siestas interrumpidas. ¿No podrías controlar un poco más a los niños?, me dijo un día. Fui corriendo a poner orden. Entonces, me di cuenta. No, no podría controlarlos, porque ya había perdido el control de mi vida.

Autoestima perdida

Su vehemencia se ha tornado agresividad. Vivo para contentarle. Y mi autoestima anda entre las piezas perdidas de algún puzle. El hombre de mi vida se ha convertido en el hombre que acabará con ella. ¿Por qué? Porque creí que el amor también era doblegarse a los deseos del otro. Porque el día en que me soltó la primera bofetada, los amigos comunes me convencieron de que había sido un ataque de nervios, un arrebato. Porque creí sus disculpas. Porque cada vez que él decía que su vida no tenía sentido sin mí, un nuevo grillete me ataba a su lado.

Él, el Hombre. Patriarca, cabeza del hogar, cazador, sheriff… Un dios sin cielo, creador de infiernos. Yo habito en él, en su infierno. Pero ya he dicho, yo no escribo estas líneas. Y tengo muchos nombres. Soy muchas. Demasiadas. Quizá he tratado de separarme. Quizá he puesto una denuncia. Quizá estoy en alguna lista de espera. O asomada a la ventana esperando que cumpla la orden de alejamiento. O quizá no me he atrevido a hacer nada de todo esto. Porque aún confío en un milagro que le cambie. O porque estoy paralizada por el terror.

Sigue diciendo que se volvería loco sin mí. Y me duele esa locura. Porque sé que se dibujará en mi piel. Entonces les miro a ellos. A sus ojos de niño aprendiendo a someter. A su mirada de niña asimilando la sumisión. Cómo me gustaría que mis hijos crecieran con una madre. Y que esa madre fuera yo.

Pero yo moriré. Porque no existo. Porque soy una víctima de manual. Estas líneas no son mías, están escritas con el relato de cientos, de miles, de millones de mujeres que son abusadas, agredidas, asesinadas en manos de unos hombres cincelados por el machismo. Unos y otros, personajes escritos por una violencia que solo entre todos podemos erradicar. Porque, en realidad, nos somete a todos.

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Yo no existo, pero todo en este relato es cierto. Lo saben policías, jueces, médicos, personas que trabajan en los servicios sociales. Lo saben las mujeres que quieren saber, porque todas hemos sentido el desgarro del machismo. También lo saben los hombres que quieren saber, porque han visto, porque han vivido, porque también tratan de combatir una herencia de privilegios y dominación.

Tú también lo sabes, Ortega Smith. Lo sabes perfectamente. Pero no es mi voto el que buscas. Quieres el de él. El de todos los que son como él. Ellos también son muchos. Visten trajes exclusivos o vaqueros de mercadillo. Son economistas, tenderos, políticos o mozos de almacén. Mamaron machismo desde la cuna. Algunos exhalan dinero y poder. Otros, solo tienen el privilegio que les da sentirse machos. Tú hablas para ellos. Para los que se sienten superiores a las mujeres, para los que se sienten amenazados, para los que solo les queda la herencia del cazador, del sheriff, del cabeza del hogar, del dios del infierno. Tú podías elegir, Ortega Smith, y has decidido convertirte en el guardián de ese infierno. “Me sentí agredido”, has dicho. Fue en el acto contra la violencia machista en el Ayuntamiento de Madrid, cuando la activista Nadia Otmani te recriminó tu actitud desde su silla de ruedas. Aquel día, no fuiste capaz de mirarla los ojos. Acostúmbrate. Yo, nosotras, todas las que hemos muerto y las que vamos a morir, seguiremos así, pegadas a ti. Y no dejaremos de mirarte.