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Al contrataque

Abrazo entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias tras la firma del Gobierno de coalición.

AFP / GABRIEL BOUYS

¿Pero no pedíamos política?

Antonio Franco

A algunos de los que se escandalizan por el pacto PSOE-Podemos no les conviene nada que no sean decretazos o sentencias judiciales

La velocidad de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias en decidir tras la repetición de las elecciones que gobernarían juntos y en darse su abrazo-emblema del inicio de una nueva etapa de la vida española fue hacer política al 100%, eso que reclamábamos todos desde hace tanto tiempo. ¿Qué significaba el abrazo? Dejar por fin de lado a los tribunales como protagonistas de nuestra actividad pública y reconocer ellos dos que ante la insistencia de los españoles de izquierdas (mostrada a través de dos elecciones) estaban dispuestos a gobernar juntos. Pero había más política en aquella foto: anticiparse a los líderes más tradicionalistas del PSOE antes de que presionasen diciendo que el desarbolado Ciudadanos se había convertido en el aliado ideal, y pisotearle a la derecha la idea de que con esos que vuelven a llamar comunistas no se puede contar, como si Carmena y Ada Colau no hubiesen demostrado nada, u olvidando que Adolfo Suárez pudo encarrilar esta democracia por su acierto al aceptar que Carrillo y Pasionaria se sentasen en el Congreso junto a Fraga y el 'voxista' Blas Piñar.

Un soberbio juego de dados

Queríamos política. Ahora, lo que no tenemos es derecho a oponernos a que empiecen a hacerla. Y a que la hagan tal como es, pasando por encima de los predicadores incoherentes que querrían que Sánchez hiciese las cosas como las haría Pablo Casado.

Otra estupenda exhibición de lo que es la política la protagonizan los dirigentes de ERC. Saben que sus bases están atrapadas por el complejo psicológico de querer ser más radicales que nadie, fascinadas por el 'cuanto peor, mejor' de Puigdemont y Quim Torra. Pero ellos, los dirigentes, lo que quieren es simplemente la independencia, o acercarse lo más posible a ella. Y encontraron la fórmula -también la podemos llamar la pregunta- mágica para, sin engañar a su gente, conseguir su apoyo explícito para lo más urgente y lo más alejado de la estrategia de Puigdemont/Torra: que la derecha no vuelva al Gobierno de España (pues recortaría incluso la autonomía ya existente), y que les dejen intentar un diálogo posibilista.

Buscan de momento mejorar el autogobierno catalán dentro de España a la espera de tiempos mejores en que el soberanismo tenga el apoyo popular e internacional suficiente para algo más. Hay enredos como el de si la mesa de negociación debe ser primero de partidos y luego de gobiernos, pero eso también se llama política cuando lo que se quiere es que haya mesa.

Todo se parece mucho al mentiroso, un soberbio juego de dados, pero no dejen que les aturdan los que se escandalizan. Esos, cuando la pedían no sabían lo que era la política. O no les conviene nada que no sean decretazos o sentencias judiciales. Es su problema. Sepan ustedes que la política es feísima, huele mal y desencanta, pero a veces es el único camino.