06 ago 2020

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IDEAS

Fachada del principal del MACBA, uno de los equipaminentos culturales que empezaron a concebirse a finales de los años 80. 

DANNY CAMINAL

El secreto de Barcelona

Xavier Bru de Sala

Hay dos maneras de entender la cultura. La de los creadores o los artistas y la de los gestores y los planificadores. De la Renaixença hasta no hace mucho, el secreto de Barcelona ha consistido en la prevalencia de los creadores. En los últimos decenios, una niebla gestora y administradora cada vez más espesa cubre el secreto de Barcelona y lo condena a las catacumbas. El avance de la cultura de la reproducción y el negocio del entretenimiento contribuyen al vuelco de parámetros y al espesor del paisaje. No hay que quejarse de la apuesta de los 80 por construir un parque homologable de grandes equipamientos porque llevábamos retraso y eran, son, del todo imprescindibles. En todo caso, la queja proviene de las limitaciones presupuestarias de la apuesta y aún más de haber dado por supuesto se que convertirían en líderes e irradiarían como referentes. No ha sido así. Los grandes equipamientos de capitalidad sobreviven con decoro pero no marcan pautas. Sustituyen la innovación por una pátina de modernidad de un interés relativo. Espíritu de gestor-funcionario autosuficiente que destierra a los creadores en vez de ponerse a su servicio.

En cultura, y en arte, vale el principio general de la economía según el cual si no eres capaz de exportar, si tus productos no interesan a los mercados exteriores, acabarás para lamentar que las producciones externas invadan el tuyo. Esto nos ocurre en todos los campos, desde el teatro a las exposiciones o la literatura, que somos más que nada un escaparate de lo que se cuece fuera. En este durísimo contexto competitivo, la única fórmula para no quedar cada vez más arrinconado es la apuesta por el riesgo, el estímulo de los creadores, su entronización, no la utilización de los más dóciles a fin de perpetuar la hegemonía de los gestores.

Hay que recuperar Barcelona como ciudad de arte, como sede de lo que hierve y no de lo que se limita a una tibieza autosatisfecha. No hay ningún secreto, no hay otro secreto que focalizar el secreto de Barcelona y esparcir las nieblas de su alrededor antes de que lo invisibilicen por completo.