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Análisis

Tres chicas exhiben un cartel tras la sentencia contra ’La Manada’, en una imagen de archivo.

EFE / Ismael Herrero

Violencias machistas: tenemos pendiente el compromiso comunitario

Gemma Altell

Cada vez que en nuestro entorno cotidiano observamos o conocemos violencias machistas deberíamos sentir la necesidad de tender nuestra mano para que la persona que la necesite puede tomarla cuando decida

Vuelve a ser 25 de noviembre. Manifestaciones, declaraciones, reivindicaciones en torno a la/s violencias machista/s y sobre todo lo que queda por hacer para acabar con lo que llamamos 'lacra'. De tanto utilizar la palabra la hemos gastado. Debemos avanzar. Propongo que, esta vez, revisemos cada una y cada uno de nosotros nuestras actuaciones cotidianas respecto a este tema; cómo nos ubicamos como testimonios frecuentes de las violencias que a veces ni siquiera vemos y, cuando las vemos, a menudo nos quedamos paralizados ante ellas. ¿Las excusas habituales? Se ha producido en un espacio privado, dentro de una relación íntima, es una cultura distinta a la nuestra con códigos diferentes, quizá me meto donde no me llaman, estos son contextos ya violentos de por sí y por tanto esto no es violencia machista, y así un largo etcétera.

Luego condenaremos la violencia y nos horrorizaremos ante las cifras. Una de las claves para este cambio estructural que necesitamos es el compromiso comunitario. Tan sencillo y tan complejo a la vez. Hablamos mucho de compromiso social pero pretendo hoy poner el foco en interpelarnos como comunidad. Tomar una responsabilidad directa en acabar con la tolerancia social que sigue sosteniendo la idea de que existen violencias que tienen un carácter privado. Privacidad y violencia, intimidad y violencia no pueden ni deben ir de la mano. Comprometerse significa arriesgar; arriesgar significa poder perder, poder mancharse, recibir críticas.

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En la época de las reivindicaciones  sociales y el activismo político me parece una perplejidad que esa conciencia colectiva que se supone que tenemos no atraviese siempre la conciencia individual; no active sistemáticamente la solidaridad para con las personas que tenemos al lado. Si bien es cierto que no podemos trasladar a la ciudadanía las responsabilidades políticas tampoco podemos delegarlo todo en las estructuras. La vida – y por consiguiente la política- se juega en los sistemas y en la calle pero también en el entramado diario de relaciones personales, vecinales, familiares, laborales... Este neoliberalismo patriarcal en el que estamos instalados que nos lleva a centrarnos en nuestra capacidad para consumir y nos orienta a preocuparnos –solamente- de lo que acontece en nuestras vidas requiere de un cambio que no debe estar solo en los discursos.

Cada vez que en nuestro entorno cotidiano observamos o conocemos violencias machistas deberíamos sentir la necesidad de tender nuestra mano para que la persona que la necesite (una mujer adulta, una adolescente, un niño o niña) pueda tomarla cuando decida. Sin juzgar los porqués. Cada vez que no paramos esas violencias machistas que no tienen un objeto concreto pero que degradan a las mujeres en general estamos también ejerciéndolas. Cada vez que nos decimos una de esas excusas para no exponernos y volver a “lo nuestro” estamos perpetuando la 'lacra'.