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ANÁLISIS

El presidente de EEUU, Donald Trump, en una reunión en la Casa Blanca.

YURI GRIPAS (EFE)

Salvar al presidente

Rafael Vilasanjuan

Avanza el 'impeachment'. Los testimonios se acumulan y son demoledores. Cada vez queda menos margen para que la Cámara de Representantes rechace acusar al presidente Donald Trump de abusar del poder. No solo lo utilizó para intentar eliminar a sus rivales en la carrera presidencial, también para poner en riesgo la seguridad de la primera potencia mundial. Avanza el proceso contra Donald Trump sin que ninguno de los testimonios, incluidos diplomáticos y altos funcionarios, haya dado respiro al presidente. Los padres de la Constitución americana tenían miedo de que un sistema presidencial se pervirtiera en manos de un autócrata. Por eso incluyeron la posibilidad del 'impeachment' por parte de los representantes elegidos para relevar al presidente y preservar los principios democráticos frente a la tentación de abuso de poder. Por los testimonios, iniciada la fase pública de este proceso, todo apunta a que Donald Trump ha rebasado esa línea. Y con creces.

Habría muchos argumentos para promover la acusación a un presidente que acepta sin rubor el acoso sexual o que pretende inocuas las pruebas del apoyo ruso para llegar a la Casa Blanca. Pero todo eso no cuenta ahora. El proceso que la Cámara de Representantes está llevado a cabo solo puede juzgar si utilizó el cargo contra un rival político, obligando al aparato del Estado a utilizar el poder para que el presidente de Ucrania jugara a su favor. Todos los testimonios de momento apuntan en ese sentido. Trump es un presidente sin escrúpulos, sin sentido ninguno de estado, cuya visión política consiste en dividir el país entre 'nosotros' y 'ellos'. Y entre los suyos funciona el argumento de que todo es mentira.

¿Puede acabar este proceso con la carrera de Trump? Nunca hasta ahora un presidente ha sido retirado por 'impeachment'. Nixon dimitió justo antes de que la evidencia del 'Watergate' le pusiera en la calle. A Johnson y a Clinton, los otros dos procesados, el Senado les salvó de la sentencia. Con Trump puede pasar algo igual. Parece claro que la Cámara de Representantes llevará el caso al Senado. Ahí, donde mandan los republicanos, acabará decidiéndose todo. Hasta ahora los republicanos han intentado seguir la senda de la división poniéndose del lado de un presidente del que unos cuantos recelan y otros se benefician. Pero el dilema no es menor.

Dos opciones

Si la acusación sigue adelante, los senadores republicanos solo tienen dos opciones: vivir la crisis en un año electoral que les dejaría sin un candidato preparado para asumir el relevo o sufrirla cuando este presidente déspota haya hundido la credibilidad de la primera potencia mundial en un tribalismo despreciado en medio mundo, justo el que siempre ha estado del lado de EEUU. Solo el Senado americano tendrá potestad para juzgar si el despotismo de Trump -que divide a EEUU pero blanquea además a la ultraderecha desde Brasil hasta Europa- tiene límites o si, por el contrario, la primera democracia mundial prefiere salvar al presidente.