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Un fenómeno global

El juego de la patria

MARÍA TITOS

El juego de la patria

Clara Usón

Los políticos han descubierto un bálsamo de Fierabrás que cura todos los males: el patriotismo

El estado nación ya no sirve, porque ha perdido la soberanía económica. El neoliberalismo y la globalización -dos caras de la misma moneda- han puesto en evidencia sus límites. Si el dinero no tiene patria, y escapa al control fiscal, ¿cómo financiar el estado de bienestar? Pidiendo préstamos, emitiendo deuda, lo que deja a los estados nación en manos de sus acreedores, quienes dictan su política económica: recortes, austeridad, para poder pagar los intereses de la deuda. Es una trampa diabólica.

En el siglo XXI, el tamaño importa, un estado pequeño y endeudado tiene muy poco margen de actuación -Grecia puede dar fe de ello-, sólo los grandes estados, como China, Estados Unidos, o como la Unión Europea tienen la capacidad de controlar y regular a las entidades financieras, a las compañías energéticas y a las grandes corporaciones tecnológicas. Dentro de la Unión Europea, parafraseando a Orwell, hay unos países más iguales que otros: los países del norte, con economías saneadas, imponen sus reglas -y su austeridad- a los empobrecidos países del sur. Mientras la Unión Europea siga siendo una agrupación de estados y no un gran estado federal, la situación no cambiará. El objetivo final de la Unión Europea es ése, la disolución de los estados que lo integran en una gran federación descentralizada, con tal fin se creó el euro. El estado nación, basado en la identidad étnica y cultural, no ha traído más que guerras en su corta historia, su desaparición sería un avance, sin embargo, pese a que ya no sirve para los fines para los que fue concebido, la Unión Federal Europea está más lejos que nunca.

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La patria está de moda, los políticos han descubierto un bálsamo de Fierabrás que cura todos los males: el patriotismo. En mayo del 2011, cuando Mas tuvo que salir en helicóptero del Parlament, acosado por los jóvenes del 15-M, que le pedían cuentas por los recortes salvajes de su gobierno y por la corrupción de su partido, tuvo una iluminación: me piden pan, que no les puedo ni les quiero dar, pero les venderé patria y me adorarán. La patria es un producto de gran aceptación, muy fácil de vender. Te proporciona un sentido de pertenencia, ya no eres un ciudadano solo y angustiado que intenta sobrevivir en un mundo hostil, sino que formas parte de una masa humana imbatible con un enemigo común y un único propósito: combatir al culpable de todas tus desdichas, el Otro. Puede que para alcanzar el fin supremo haya que hacer sacrificios, pero, ¿qué importancia tiene que no llegues a fin de mes cuando la patria está en peligro?

Un nuevo jugador 

El juego de la patria requiere de un enemigo; a estos efectos, los inmigrantes, las feministas o los homosexuales también valen. Hay unas reglas: criticar a los nuestros es antipatriótico, dudar de la honradez y de la clarividencia de los líderes es de traidores; los traidores deben ser derrotados, silenciados y expulsados, no son pueblo, son morralla; el pueblo siempre tiene razón y nunca se equivoca. Todos a una desfilamos por las calles, enarbolando la misma bandera, cantando al unísono nuestro himno, ¡es hermoso! Puede que los que no se identifiquen con nuestra bandera, con nuestro folclore o con nuestra lengua, se sientan intimidados ante nuestra exhibición de fuerza, y hacen bien, este es el objetivo, recordarles que las calles siempre serán nuestras y que en ellas los discrepantes y los diferentes no tienen cabida. 

El juego es adictivo, no permite pensar en otra cosa y termina cuando jugando, jugando, los jugadores descubren que se descubren atrapados en un estado autoritario

El juego de la patria es un fenómeno global, como no podía ser de otra forma en el globalizado siglo XXI: se juega en los EEUU, en Brasil, en China, en Rusia, en India, en Hungría, en Polonía, en Italia, en el Reino Unido, en Francia, en Alemania, y hace furor en Catalunya y en España, donde acaba de irrumpir un jugador nuevo, Vox, que promete emociones fuertes. Por de pronto, ya ha planteado jaque mate a la democracia. La democracia y la patria se llevan mal; si todos los que osan soñar un sueño diferente son traidores, ¿cómo se les va a permitir votar? No es casualidad que la 'Llei de transitorietat jurídica per la República' prescinda de la división de poderes y conceda facultades omnímodas al ejecutivo, quien puede disponer sobre prácticamente todos los asuntos de estado mediante decretos leyes, no sujetos a control alguno. La vendieron muy bien, como la expresión máxima de la libertad y la democracia.

El juego de la patria es adictivo, no permite pensar en otra cosa, y termina cuando, jugando, jugando, los jugadores se descubren atrapados en un estado autoritario.