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Análisis

Pedro Sánchez y Pablo Iglesias firman el preacuerdo de coalición, el martes pasado en el Congreso.

DAVID CASTRO

Temores del 'statu quo' económico

Guillem López Casasnovas

A la mayoría de empresarios que conozco, Unidas Podemos y sus representantes no les gustan nada: ni el programa económico que proclaman, ni la oratoria que practican ni la estética exhibida. Pero ojalá, por higiene democrática, que nuestros poderes económicos traguen cierta soberbia que está detrás de este disgusto.

Primero, porque a pesar de comprender que rechacen determinadas propuestas tributarias, 'flipen' ante algunas ideas de nacionalización de servicios o cuando vean ampliar la intervención del sector público en dirección contraria a la de muchos otros países con los que España compite, es bueno que esta clase empresarial toque de pies en el suelo y purgue algunos de sus excesos. No es aceptable su 'business as usual' después de lo ocurrido con la crisis.

Segundo, los milhombres de la política al servicio de la clase dirigente empresarial, atornillada por hipotecas y deudas de sus partidos, tienen que ver que no siempre ganan los de siempre, que hay otra manera de hacer política, más ideológica, más atrevida, cercana a la gente y potencialmente menos contaminada.

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Serían insensatas mis aseveraciones si no descontara que, de mucho de lo que se prometió y se pactará, solo una pequeña parte se podrá aplicar: todo está muy ligado a las democracias occidentales. Y es probable que bien está que así sea, por el bien de todos contra aventuras cortoplacistas de los iluminados del 'big bang'.

En economía trabajamos a menudo con segundas derivadas. Aquí la contribución de Unidas Podemos a la gobernanza del país será poco más que de cambio de protagonistas en el relato que prevalecerá, y quizás una mayor comprensión de estos ante su propio público a la hora de razonar por qué se había de hacer lo que ha hecho. Pero eso es positivo para la democracia española, instalada en el 'statu quo' de una transición que hoy involuciona.

El BCE dirá que es de locos poner aisladamente un impuesto sobre la banca española tal como están las cosas, los compañeros de coalición frenarán la reforma laboral anunciada, los jueces pararán las nacionalizaciones retroactivas y la Comisión Europea, las tentaciones a disparar el déficit.

La frustración

Vislumbrar un nuevo horizonte será positivo en todo caso si los nuevos gobernantes saben hacer digerir la frustración de los suyos. Y eso no sería fácil si lo tuvieran que forzar otros. Por lo que yo he visto de ellos, se trata de gente que cree en la gratuidad si lo financia el sector público, que piensa que la función pública es garantía de eficiencia y equidad, que no entiende que los presupuestos han de estar equilibrados y lo que no pague el usuario lo pagará el contribuyente. ¿Que Bankia la convertimos en banca pública 'social' ?: esto pueden ser buenas noticias para los beneficiarios que accedan a sus recursos, pero ignoran ellos que será fatal para los contribuyentes, que no recuperarán parte de los costes de la reestructuración bancaria con una buena venta. ¿Que hacemos empresas de aguas y distribuidoras de electricidad a raudales para abaratar tarifas?: perfecto para los usuarios, pero descuidan que será malo para los que pagando impuestos deban sufragar sus déficits.

En estas circunstancias, el mejor pacto posible para los ciudadanos entre los dos partidos que prometen coalición en el Gobierno de España es fijar el compromiso de aplicar todas aquellas partes del programa de gasto más ambiciosas solo en la medida que se vayan recaudando más ingresos ya sea por una mejora económica, subida de impuestos en su caso, triunfo contra la elusión y el fraude fiscal, o por la disminución equivalente de algún gasto considerado extractiva.

En la medida, pues, que se tenga éxito con el aumento de recursos, ya nos plantearemos después implantar las propuestas de coste más ambicioso. De lo contrario el acuerdo será una invitación a hacer el agujero del déficit y la deuda más grande, hipotecando el futuro del país.