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Una lacra amplificada

Violencia machista y digitalización

Violencia machista y digitalización

Marta Roqueta

El ámbito digital define cada vez más el físico: sus espacios, las relaciones sociales que se establecen allí y la forma de percibirnos

El mundo digital es un espacio más donde tienen lugar las violencias machistas. La violencia machista ejercida en el ámbito digital –o mediante dispositivos digitales– suele ser percibida como más peligrosa y incontrolable que la que ocurre en el físico.

Ello es debido, por un lado, a que los dispositivos móviles y las redes sociales son relativamente nuevos; aún estamos desarrollando estrategias para aprovechar sus usos positivos y prevenir los negativos. Por el otro, su uso es más extendido entre las generaciones más jóvenes, mientras que las mayores son las responsables de educar a las primeras y de crear políticas de igualdad.

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Prevenir la violencia machista digitalizada pasa por asumir que el mundo digital y el físico se interconectan. Tal y como apunta la investigadora Ingrid Guardiola, el ámbito digital define cada vez más el físico: sus espacios, las relaciones sociales que se establecen allí y la forma de percibirnos. Además, debemos tener en cuenta que la digitalización ha supuesto un cambio en la forma de comunicarnos, con nuevas herramientas y lenguajes, pero que la información transmitida y la finalidad de dicha transmisión suele basarse en imaginarios y formas de ejercer el poder que ya existían el mundo físico.

Nuevas formas de violencia

En un gran número de casos, las herramientas digitales pasan a reforzar violencias que ya suceden en el ámbito físico. La geolocalización, el monitoreo de redes sociales y de canales de mensajería como WhatsApp o Telegram se suman a otros hábitos de control que muchos hombres ejercen contra sus parejas mujeres, como el control económico o sobre la ropa que llevan y con quién se relacionan. Los grupos de WhatsApp solo de hombres, con sus vídeos porno de carácter denigrante y sus bromas y comentarios sexistas, no son más que la traslación al mundo digital de las redes de homosociabilidad que operan en el físico: las relaciones de complicidad que los hombres establecen para perpetuarse en el poder y/o reafirmarse, que muy a menudo se sustentan en la exclusión de las mujeres y su cosificación.

En otras ocasiones, la digitalización continúa las violencias del mundo físico. Ejemplo de ello son los delitos 'molka', muy frecuentes en Corea del Sur. Se trata de grabaciones no consentidas de mujeres en espacios públicos, tiendas de ropa o incluso lavabos, que posteriormente se cuelgan en páginas web. Así pues, el acoso sexual en el espacio público físico –individualizado y momentáneo– alcanza una nueva dimensión en el digital: aquel acto es grabado y difundido de forma masiva, inmediata y perenne. Otro ejemplo es la violación grupal a una joven durante los sanfermines del 2016, que fue grabada y difundida en un grupo de WhatsApp. Posteriormente, foros como Burbuja.info o Forocoches divulgaron información privada de la superviviente para generar un nuevo acoso.

Prevenir la violencia machista digitalizada pasa por asumir que le mundo digital y físico se interconectan

Finalmente, la digitalización permite nuevas formas de violencia, como los 'deep fakes', que se están utilizando para suplantar caras de actrices porno por las de actrices conocidas o mujeres que no tienen nada que ver con la pornografía. Ello sirve tanto para satisfacer los deseos sexuales de un público mayoritariamente masculino heterosexual, como para chantajear a las mujeres que falsamente aparecen en ellos.

Así pues, luchar contra la violencia machista pasa por tener en cuenta la vertiente digital. Cuanto más profundo y detallado sea el análisis sobre cómo la digitalización refuerza o perpetúa dicha violencia, más herramientas tendremos para prevenirla y, sobre todo, para utilizar los recursos digitales en su erradicación.