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IDEAS

Manuel Vázquez Montalbán. 

JOAN SÁNCHEZ

La carta del Montalbán

Miqui Otero

Señor Manuel Vázquez Montalbán,

hay quien recurre a la ouija, al titileo de una candela oa las lágrimas de una talla de madera, pero yo prefiero mirar sin pestañear este guiso de rabo de toro para convocar su espíritu.

Nos han citado en Casa Leopoldo, su restaurante favorito, para probar la carta y hablarnos de una nueva antología de su obra periodística. 'La mirada inconformista' (Literatura Random House) llega en buen momento, porque en los últimos meses muchos se han preguntado qué pensaría usted de todo lo que sucede. Como sabe, Billy Wilder tenía un cuadro colgado de la pared de su despacho donde leía: “¿Cómo lo haría Lubitsch?”. Y entonces lograba resolver algún giro del guion que se le había torcido. Bien, pues nuestro guion anda también algo atascado, con alarmantes fallos de 'raccord', Deus Ex Machina delirantes, actores tan malos que leen hasta las acotaciones, 'flashbacks' nostálgicos que entorpecen la trama y derivas a lo Leni Riefenstahl, ante lo que muchos nos preguntamos: “¿Qué diría Montalbán?”

Intentamos contactar con el autor al hilo de la publicación de una nueva (y más que vigente) antología de su obra periodística 

Qué diría de que los cerriles se consideren coherentes, de que ya solo se escuche lo que se quiere oír, de que la gente seque banderas y no ropa interior en los balcones, del daltonismo ideológico, los silogismos testiculares y la anemia moral. De que un idiota como yo le escriba. Escudriño este rabo de toro para intentar descubrir las claves, aunque hoy usted no parece dispuesto a manifestarse, ni siquiera cuando llegan las anchoas. Quizás porque es educado y si se apareciera por ensalmo (o atraído por el aroma de este rabo de toro, uno de sus platos favoritos) se vería empujado a decirnos: “Yo ya os lo dije”. Y eso quedaría de mal tono.

Pero resulta que durante este almuerzo repasamos el índice de este libro y, si bien no hay nada más molesto que los médiums oportunistas (esos que transmiten lo que podría haber opinado usted) y las urracas apropiacionistas (sus argumentos, se lo aseguro, son más flexibles que los oráculos: parecen dar la razón a casi todo el que quiere tenerla), caigo en que debería dejar de mirar este rabo de toro, para comérmelo (si me pongo metafísico, ya lo sabía Sancho Panza, es porque tengo hambre) y luego volver a leer sus sabios artículos.

Porque en esta fantástica antología encuentro claves a muchos debates actuales. El choque de AVE entre la mutación del cenutrio nacionalismo español constitucionalista del aznarismo y el catalanismo pospujolista más pasivo-agresivo (por no hablar de la cada vez más difícil convicencia de las izquierdas, independentistas y no, en un mismo bus Alsa). El cadáver de Allende ocupando el horizonte del mundo, oscureciendo las perspectivas de Chile. La xenofobia globalizada que intuyó en una pancarta en Milán en 1999. El debate colonialista porque “un aventurero genovés,una reina que llevó durante veinte años la misma camisa y unos cuantos 'echaos palante' de Huelva” pisotearon América. La posverdad premental arrojada como la quijada de burro con la que Caín se cargó a Abel. O el debate sobre una virilidad supuestamente asediada, que ya trató en ese texto sobre la figura del piropeador, “mezcla de tocón visual y poeta lírico japonés” (usted prefería no piropear, arrinconar sus pulsiones “en la trastienda del cerebro, para no convertir sus apetitos en agresiones”). Y lo que acabaría por ser la ley mordaza. Incluso la crisis de identidad del Barça posguardiolista.

Quizás debamos dejar de preguntarnos qué diría usted de todos los temas que nos preocupan, para intentar descubrir de dónde vienen y dónde se detectaron por vez primera. En sus textos. En el mapa que lleva al pisito de Pandora. Leer sus artículos es mucho más que intentar reconstruir el esplendor pasado mediante unas ruinas o arriesgarse a comprar un piso (por cierto, los precios están imposibles) sobre plano. Porque casi todo, salvo la irrupción de Messi y la gente que fotografía sus platos de comida para mostrarlos a desconocidos y ese ministro del CDS que llegó a protagonizar un anuncio de Pan Bimbo, ha salido según lo que usted ya advirtió. Así que esta carta que jamás leerá es para tranquilizarlo y decirle que siga descansando en paz: textos que escribió antes de que yo naciera se podrían publicar mañana mismo (en lugar de esta columna, por ejemplo) en los diarios.

Con libros como este, llegan los deberes (y el derecho) de leerlo más y mejor para aprender a leer, más y mejor, nuestro planeta. En eso, como el Conde de Montecristo y el peatón de la historia que pretende volver a casa en Nit Bus, confío y espero,

M.