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Nuevos hábitos alimentarios

EAT propone el consumo de más frutas y verduras y menos carne roja.

MARTA JORDI

¿Tiene la carne fecha de caducidad?

Andreu Escrivà

Necesitamos desengancharnos de la carne de baja calidad, a nivel cultural y alimentario, y potenciar aquella que tiene un papel social y ecosistémico

Hace unas semanas me encontraba en Bruselas, en una reunión de un proyecto europeo de lucha contra el cambio climático. En línea con lo que allí se discutía, todas las comidas de los tres días durante los que se alargaron las sesiones fueron estrictamente veganas. Sin embargo, no lo parecían: la práctica totalidad de los platos que nos presentaron intentaban aparentar que no eran vegetales. Falsas boloñesas, hamburguesas de tofu, pasteles de carne sin carne, sushi sin pescado... Seguro que a muchos de los lectores les suena. Resulta chocante, sin embargo, que para potenciar lo vegetal se huya de lo vegetal; que para huir de la carne, se emule la carne. ¿Estamos condenados a tratar de buscar sustitutos sea donde sea? Así lo parece. Pero, ojo, porque no es verde todo lo que reluce.

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La ecuación, una vez aceptamos y respetamos el hecho de quien no come carne para no provocar la muerte de seres sintientes, no es tan simple como “dejar de comer carne para salvar el planeta”. ¿Y si lo que compramos es un trozo de tofu envuelto en plástico que ha viajado más de 10.000 kilómetros? El impacto de unas chuletas un cordero de ganadería extensiva no es solo mucho menor en huella de carbono, sino que además tiene otros beneficios para el territorio y el paisaje. ¿Qué tiene de preferible, a nivel de impacto ambiental? Una gran parte de la población del mundo occidental come demasiada proteína de origen animal, y eso es un problema para su salud, antes que para el planeta. Pero parece como si el abuso de la carne fuese indisociablemente ligado al estatus ecónomico individual y colectivo (a más PIB, más consumo de carne per cápita), y como si nos hubiésemos olvidado de la archifamosa dieta mediterránea. El reduccionismo vegano hacia determinados tipos de cocina está lastrando su capacidad de seducir el paladar: para comerse algo que es casi una hamburguesa, la gente se come una hamburguesa. Un apunte para la reflexión: nadie hace brócoli de chorizo.

Superar el carnivorismo

¿Y la carne artificial? ¿Será la cuadratura del círculo, la que nos permitirá seguir comiendo carne con un impacto mucho menor en el cambio climático y sin matar animales? Puede que ese día llegue, no está cerca. Pero, además, me da la impresión de que, cuando lo haga, no será para sustituir la producción de carne actual, sino para tratar de saciar, con más carne, un apetito voraz.

Necesitamos dejar de comer tanta carne, lo miremos como lo miremos. Un buen plato de legumbres aporta proteínas de calidad y además regenera el suelo; la carne es un carísimo intermediario entre las plantas y nosotros. Necesitamos desengancharnos de la carne de baja calidad, a nivel cultural y alimentario, y potenciar aquella que tiene un papel social y ecosistémico.

Y si se preguntan si me fui directo a por un chuletón al volver de Bruselas, les diré que no. En la primera comida que hice de vuelta en València pedí un plato de arroz y unas verduras a la brasa, que estaban deliciosas y no se escondían bajo ningún disfraz cárnico. Porque el primer paso para superar el carnivorismo actual, y cogiendo referentes del debate político, es no regalarle el marco y el relato: las verduras están tan buenas como la carne. No hace falta ocultarlas, como tampoco hace falta buscar desesperadamente sustitutos para la carne, porque ya lo tenemos. Se llama “menos carne”.