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análisis

La policía detiene a partidarios de Evo Morales en una manifestación el pasado sábado en Cochabamba.

AP / JUAN KARITA

En el Potosí hispanoamericano la desigualdad y la violencia no cejan

Alfonso Armada

Morales redujo mucho la pobreza, aunque los ingresos del crecimiento del 5% anual entre el 2004 y 2014 se siguieron repartiendo mal y es que la desigualdad es uno de los combustibles que atizan las hogueras

Potosí es casi sinónimo de Bolivia. El término quechua sirve en castellano para referirse a fortunas impensables. Las que se forjaron en el malhadado país andino durante siglos. Sin que la mayoría (el 62% de los bolivianos son indígenas) se beneficiara.

A la hora de asomarse a Bolivia no han faltado dos lupas paternalistas que apenas disimulan su racismo. El primero, el que regateaba a Evo Morales sus credenciales para la presidencia. Por no ser blanco. Pese a haber ganado tres elecciones (en el 2005 con el 54% de los votos, en el 2009 con el 64% y en el 2014 con e 61%). La segunda, teñida de rojo, se esgrime para comprender que Morales forzara las leyes para optar a un cuarto mandato, cuando ya llevaba tres, pese a que la Constitución solo permitía dos presidencias consecutivas. Convocó un referéndum, convencido de que su condición de figura providencial le avalaba: más de la mitad de la población votó no. Las presiones sobre la autoridad electoral y judicial hicieron que el veredicto acabara en papel mojado, y el líder del sindicato cocalero durante 38 años volvió a disputar la presidencia por cuarta vez. Pero nada fue como soñaba. 

El 20 de octubre se celebraron los comicios. A las 19:40 horas, el Tribunal Supremo Electoral (el mismo que había desestimado el resultado del plebiscito) suspendió el recuento cuando Morales aparecía en cabeza, con un 45,8% de los sufragios, seguido por Carlos Mesa, con un 38%. De confirmarse esa tendencia, la temida segunda vuelta estaba asegurada. La ley boliviana prevé que para ganar hace falta un 51% de los votos, o contar con más del 40% y una diferencia de más de diez puntos respecto al segundo. Cuando se reanudó el conteo, hubo milagro: Morales doblegaba a su seguidor por más del 10%. Proclamado vencedor, se incendió el país. Por si hubiera más dudas, una auditoría encargada por el propio Morales a la Organización de Estados Americanos determinó que era “estadísticamente improbable” que hubiese ganado por el margen imprescindible para eludir una segunda ronda. 

Reducir la pobreza

Es de justicia, como hace Ander Izagirre en uno de los mejores libros para conocer parte de la intrincada realidad boliviana, 'Potosí' (Libros del K.O.), lo mucho que hizo Morales para reducir la pobreza, aunque los ingresos del crecimiento del 5% anual entre el 2004 y 2014 se siguieron repartiendo mal. Y es que la desigualdad es uno de los combustibles que atizan las hogueras que ahora son como una cordillera de ira internacional.

Algunos, como Bernie Sanders, que vuelve a aspirar a encabezar la candidatura demócrata a la Casa Blanca, han hablado de “golpe de Estado”. Que Morales perdiera el apoyo de la policía y el Ejército para mantenerse en el poder hizo que su futuro capotase. Cuando anunció su dimisión, antes de huir a México, el propio Morales se refirió a un “golpe cívico, político y policial”. La forma en que Jeanine Áñez ha asumido la presidencia, ante el vacío de poder, no ha sido impecable. Y que exima de responsabilidad penal a policías y militares en tareas antidisturbios a la hora de reprimir las protestas (son ya 23 los muertos desde las elecciones) es para observadores como Amnistía Internacional un abuso de poder. 

Temas: Bolivia