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Al contrataque

Niños en una clase de una escuela islámica en Fez. 

AFP

El sexo de las niñas

Najat El Hachmi

No podía quitarle los ojos de encima. Como cuando ves un accidente grave. Pequeña, bajita, con un brillo nuevo en la mirada. Parecía disfrazada: un pañuelo de mujer casada, los pendientes largos de la dote, las pulseras y el cinturón dorado, la ropa larga y los ojos pintados de kohl. No hacía ni cuatro días que llevaba camisetas y faldas, zapatos de goma y la cabeza descubierta. No hacía ni cuatro días que jugábamos a las siete piedrecitas o a las bodas colocándonos un velo encima de la cara y nos sentábamos en la esquina haciendo como que llorábamos. Las novias como Dios manda lloran porque tienen que dejar la casa del padre y porque descubrir los secretos de las alcobas no puede provocar ni curiosidad ni entusiasmo.

Ahora el juego había sido real y ella se había convertido en la respetable esposa de un señor de casa buena. O eso decía la familia, un hombre de confianza, como debe ser. Tan de confianza que a partir de entonces se acostaría todas las noches con una niña de 13 años. Leyendo a Nabokov años más tarde me vendría el reflujo perturbador del caso de aquella prima segunda. Y el de tantas otras.

Una infancia demasiado corta

¿Qué se podía hacer? En la tradición local no hacía falta más que empezar a menstruar para ser considerada mujer. Y tantas bocas que alimentar. Y las niñas que eran un estorbo porque no podían valerse por sí mismas. Las leyes lo permitían, los padres estaban de acuerdo, ella expresaba satisfacción por el hecho de haber cambiado de estatus. Es cierto que en nuestro pueblo las niñas crecían antes, pero yo no podía quitarle los ojos de encima. Me perturbaba y excitaba al mismo tiempo sabernos ya deseables, follables, cuando aún no sabíamos nada. Ni sobre el sexo ni sobre el amor. O era yo la que iba tarde y me aferraba a una infancia demasiado corta. Lo desconcertante era que se la veía, sí, se la veía contenta. Como quien progresa, como quien llega a un nivel superior. No jugaría más, no perseguiría a niños de su edad ni bailaría o saltaría con la despreocupación que le correspondía. Tenía una gravedad en la mirada que no podía reconocer. Movimientos elegantes, las manos recuperando de vez en cuando el trozo de tela que le resbalaba encima del pelo liso y negro, ahora con la raya a un lado como la madre. Ni rastro de coletas o moños sofisticados, de clips o gomas de colores. Ambas estaban allí de pie en el umbral de la puerta y parecían 'matrioshkas'. La niña-esposa copia pequeña de la madre.

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Los matrimonios infantiles son una realidad en muchos países. En Marruecos en teoría se restringieron con la última reforma del código de familia pero tal como explicaba Beatriz Mesa en este diario, una media de 35.000 niñas han sido casadas cada año en el país vecino. Según Unicef cada día se consuman 41.000 matrimonios infantiles en todo el mundo.