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Felicitaciones a Busquets por su gol durante el partido de Liga entre el Barca y el Celta.

JORDI COTRINA

Minutos musicales

Jordi Puntí

Uno de los debates de nuestro tiempo nos lleva a preguntarnos si el fútbol —y los deportes de masas en general— son un refugio para distraernos o si tienen una influencia real, social, en nuestras vidas. En Estados Unidos hace tiempo que resolvieron la ecuación: los grandes deportes —beisbol, fútbol americano, baloncesto— se reparten el calendario anual, para no coincidir, y aunque muevan millones de dólares y encumbren periódicamente a mitos nacionales, casi nunca interfieren del todo en la esfera pública. Solo en momentos concretos —como sucedió hace poco con el movimiento Black Lives Matter o Me Too— las protestas han conseguido llegar a la opinión general y entonces adquieren gran fuerza.

En España la mezcla entre fútbol y vida parece más inseparable, para bien y para mal. Ahí está el “a por ellos” de los aficionados a la selección española, convertido hoy en himno acosador de la ultraderecha. Hace medio siglo, Manuel Vázquez Montalbán recordaba que la expresión “pan y fútbol” podía verse como la continuación del panem et circenses romano, pero con un trasfondo negativo, gracias al “desdén intelectual de los que, inconscientemente, más han hecho para crear el abismo entre cultura popular y cultura de élite”.

Con los años este abismo se ha ido estrechando y hoy se puede pasar de un lado al otro con un saltito. De hecho, gracias a esta conexión real, el fútbol aguanta casi todas las metáforas que se le apliquen. Su grandeza como juego es que está arraigado a la vida de los aficionados y cada partido las transforma. Así, esta facilidad para la metáfora se presta a los juegos de vocabulario, a veces de doble dirección. Un ejemplo: llamamos al penal “la pena máxima”, y luego un aficionado al fútbol como el músico Sr. Chinarro titula así uno de sus discos más melancólicos.

El Brasil de Pelé o el de Zico

La música, precisamente, es también un buen campo de juego para las comparaciones. Se decía que el mejor Brasil de Pelé jugaba como si bailara samba, aunque yo prefiero pensar en ese Brasil de Zico, Sócrates y Falcao como unos maestros de la bossa nova, con más armonía de los instrumentos. En Fútbol... Jazz Band, una novelita que Rafael López de Haro publicó en 1924, se comparaban los ritmos alocados de las fiestas de alta sociedad y del fútbol. El narrador, contrario a los excesos sociales, decía: “Como en el stadium, en el dancing todo es pedestre. La importancia y el mérito residen, no más, en las extremidades inferiores, que actúan con independencia, como si a ellas hubiesen descendido la inteligencia y la sensibilidad”.

A su vez, el filósofo y entrenador Ángel Cappa escribió que el fútbol, como el jazz, debe ser “improvisación coherente”, y recordaba que para conseguir esa coherencia hace falta dominar la “pausa” en el juego. En el fútbol actual, me temo, los genios capaces de improvisar cada vez son más escasos, y muchos entrenadores suplen la carencia —o su falta de atrevimiento con los jóvenes que piden una oportunidad— con una buena base rítmica, de esas que no desentona pero tampoco emociona porque no crean pausas. Simple música de ascensor.

Temas: Fútbol