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Dos miradas

Venecia, inundada, el 12 de noviembre del 2019.

EFE / ANDREA MEROLA

Hace un año, estábamos en Venecia. Era un día desapacible, pero bailé en la Piazza di San Marco y tomamos un café en el Florian. Sufrieron otra 'acqua alta' y todavía había charcos de agua y pasarelas y los niños chapoteaban. Era una mañana cualquiera, medio lluviosa. Una orquestrina tocaba 'Funiculí, funiculà', que era la canción que bailé (y entoné, un poco) mientras reías. Pisabas también un suelo de piedras coloreadas, triángulos de mármol, con tus botas japonesas, marrones y relucientes.

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Comimos en un restaurante pequeño, en el exterior (no teníamos frío), y bebimos una grapa (o dos). Veníamos de ver el enigma del Giorgione y estábamos a punto de comprobar que no hay nada en el mundo (nada tan subyugante) como aquella virgen azul de Bellini. Después, en una terraza (aún no teníamos frío) tomamos un negroni: solos, en aquella plazoleta oscura, solo iluminada por unas bombillas humildes. Ahora veo el agua y la devastación. Quizás también ha entrado en la Accademia y el restaurante donde comimos una pasta picante.

En Venecia sabes dos cosas: que eres feliz en la belleza del momento y que todo se hundirá, lenta o repentinamente. Tres cosas, de hecho. La tercera es que volverás.