11 ago 2020

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Asuntos exteriores

La culpa de todo es de los rusos.

LEONARD BEARD

La culpa de todo es de los rusos

Care Santos

Putin y sus amigos dirigen una de las mayores potencias nucleares y poseen inmensas fortunas. Pueden comprar cualquier cosa, incluso personas

Hace 10 días estaba en la cafetería de un céntrico hotel barcelonés, enzarzada en una agradable conversación con un amigo muy querido al que veo poco. Ya habíamos intercambiado informes sobre nuestras respectivas familias, habíamos hablado de libros, temperaturas y conocidos comunes, cuando nos dio por la política. Entonces él dijo: «La culpa de todo es de los rusos». Ojos muy abiertos, tono susurrante. Pensé que sufría un ataque de paranoia. «Lo controlan todo, lo saben todo. Todo lo que nos pasa es culpa suya», añadió.

Apenas cuatro días más tarde me encontraba en Bucarest, charlando con una veterana editora de las razones que nos llevaron a amar los libros. Cité a Turguéniev, Pushkin, Tolstói, Chéjov, Tsvietaieva… en fin, todo el parnaso al que debo ser la escritora (y la persona) que soy. Ella arrugó la nariz, contrariada, y me contó que a la edad en que yo devoraba rusos ella estaba muy ocupada en odiarlos. Para ella Rusia era un país opresor que le había amargado la vida de diversas formas, y no leer a sus autores era su modo de rebelarse. Por fin, dijo: «Los rusos son los causantes de todo lo malo que nos pasa». Y a continuación comenzó a hablarme de la fortuna personal de Vladimir Putin, que podría ser el hombre más rico del mundo aunque no aparezca en la famosa lista de la revista 'Forbes', y me recomendó un libro escrito por un economista sueco, Anders Auslund.

Cleptócratas

En cuanto llegué al hotel busqué al economista sueco en Youtube y di con una jugosa entrevista en la que Auslund comienza por definir un concepto: 'cleptócrata'. Se trata de «un mandatario que dedica la mayor parte de su tiempo a robarle al Estado», una especie en alza en el mundo cuyo mayor exponente es Vladímir Putin. Les resumo las investigaciones (y la entrevista) de Auslund: la fortuna del presidente ruso oscila entre los 100.000 y los 160.000 millones de dólares, que guarda en 20 o 30 empresas fantasma en el extranjero. El dinero viaja a través de Chipre, las islas Vírgenes británicas y las islas Caimán hasta Delaware (en Estados Unidos) o Londres (en el Reino Unido). Estados Unidos y el Reino Unido son los dos principales paraísos fiscales del mundo, ya que sus leyes permiten la creación de sociedades anónimas y la impunidad de sus operaciones. Tanto Putin como sus amigos, situados en cargos de control, ganan alrededor de 20.000 millones de dólares al año con lo que le roban al Estado. Su poder se debe a que son los dirigentes de una de las mayores potencias nucleares, pero sobre todo a sus inmensas fortunas. Pueden comprar cualquier cosa, por alto que sea el precio.

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Incluidas personas. Por ejemplo, Paul Manafort, un abogado estadounidense considerado uno de los mejores asesores políticos mundiales, excolaborador de dictadores y también del expresidente ucraniano Víktor Yanukóvich. Manafort es uno de los hombres más caros del mundo, porque nunca pierde unas elecciones. Elegirlo como asesor asegura el triunfo. En el 2016 se unió a la campaña de Donald Trump. Por su parte, Trump debe su fortuna a sus negocios con los rusos, a quienes facilita el blanqueo de grandes sumas. Forma parte del 'Russia’s crony capitalism' (El capitalismo mafioso ruso), que es como se titula el último libro de Auslund. Las potencias occidentales que podrían denunciar se abstienen porque están gobernadas por cleptócratas. El club de los cleptócratas vive para asegurar su supervivencia.

Un ataque de lucidez

Ni la literatura de mis queridos autores del parnaso ruso me habían enseñado tanto del mundo como este señor en unos pocos minutos. Aún estoy rumiando las palabras de Auslund cuando en la pantalla del televisor de mi habitación aparece el rostro de Hillary Clinton. No es un fenómeno paranormal: tengo sintonizada la BBC News para practicar mi inglés. Pero he aquí que Clinton está diciendo que los rusos no solo se inmiscuyeron en las elecciones a la Casa Blanca en que resultó elegido Trump, sino que también están tras el 'brexit' y controlan no solo el sistema democrático inglés, sino todas las democracias occidentales actuales. La conversación habrá herido la susceptibilidad y el orgullo democrático de más de un británico, y quizá esa era su intención, aunque la excusa es otra: hablar del libro 'Gutsy women' (Mujeres valientes), escrito a cuatro manos por Hillary y su hija Chelsea. Pero se acerca una nueva campaña electoral y todo tiene ese tufo de cleptocracia tan insufrible. Quienes no forman parte del club se mueren por entrar en él. Por supuesto, nosotros no jugamos. Nosotros somos las piezas. A veces incluso peor: el tablero.

Vuelvo a pensar en mi amigo y en aquella conversación en la cafetería del céntrico hotel barcelonés. No era un ataque de paranoia, sino de lucidez. No saben cómo me alegra tener amigos más listos que yo.