25 oct 2020

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análisis

Pelé marca con el Santos.

ARCHIVO / EFE / A: MARTÍN

De Pelé a Balotelli

Antonio Bigatà

El anonimato de las gradas aún se utiliza para cobardes agresiones verbales a los jugadores negros, pero el fútbol ya es uno de los grandes impulsores de la integración racial.

El fútbol es bastante más que un juego, un espectáculo y un generador de grandes negocios. También tiene mucha potencialidad como instrumento transformador social. Muchos de nosotros empezamos a saberlo cuando lo practicábamos en nuestra infancia y juventud. En aquella etapa simplemente lo jugábamos, en el sentido lúdico de la palabra. Pero al correr detrás de la pelota nos educábamos subliminalmente en la asignatura de la sociabilidad.

Nuestros primeros equipos informales y luego más formales fueron nuestras primeras experiencias de actuar dentro de grupos en los que existía un reparto de tareas, la conveniencia-necesidad de ser solidarios con los compañeros, la aceptación de desigualdades en materia de habilidad personal y capacidad de esfuerzo, y el conocimiento de las ventajas del trabajo cooperativo, es decir el descubrimiento de que si varios individuos saben ir juntos y sumar sus personalismos pueden conseguir metas superiores a las que podrían alcanzar individualmente.

A favor de la democracia

El fútbol-espectáculo-negocio de ahora más allá de los tremendos aspectos negativos que lo acompañan también tiene potencialidad política positiva: es un escenario más de los modernos pulsos sociales y a veces juega a favor de las libertades y las sensibilidades democráticas. A quienes lo duden hay que subrayarles que, por ejemplo, el fútbol -deporte con raíces inequívocamente masculinas- colabora ahora de forma muy eficaz en el reconocimiento de los derechos escamoteados a las mujeres y la lucha por la igualdad.

El EEUU-Holanda, la final del Mundial 2019 / AFP

La difusión mediática a escala internacional del fútbol femenino hace visible y muestra como políticamente correcto el derecho de la mujer no sólo a practicar cualquier deporte sino también a asistir a los estadios sin la obligación de ir acompañadas de su pareja masculina en países donde eso era  hace poco -y en muchos sitios todavía es- impensable. 

Esta aportación tiende a ensancharse. La polémica a propósito de la celebración de los partidos de la Supercopa de España en Arabia Saudí divulga la existencia de las discriminaciones que perduran en aquel país, las valora, incrementa la tendencia a rechazarlas y presiona para acabar con ellas. Ha valido la pena el error federativo de vender a ese país antifeminista y despótico nuestra Supercopa aunque sólo sea por las airadas reacciones adversas y la concienciación que ha provocado.  

La injusticia de las posturas xenófobas

Es relevante lo que sucede en la lucha contra el racismo ya que el fútbol se ha convertido institucionalmente en uno de los factores más eficaces para forzar a pensar a amplias capas amorfas de la población sobre la injusticia –además de la estupidez—de las posturas xenófobas.

Es verdad que el anonimato de las gradas todavía se utiliza en ocasiones para cobardes agresiones verbales a los jugadores negros. Pero el fútbol ya es uno de los grandes impulsores de la integración racial. Pertenezco a una generación que durante muchos años vivió la presencia de gente de color en los equipos de primer nivel como anécdotas. Los tontos hablábamos de Ben Barek y un tal Jones, que salían en los álbumes de cromos, admirados de que a pesar de su piel fuesen buenos jugadores.

Tuvieron que llegar los éxitos del Brasil de Pelé y compañía, la concienciación así como la explosión de las migraciones poscolonialistas las que normalizaron las cosas. Empezamos a ver que en los equipos ingleses y franceses empezaban a aparecer bastantes buenos futbolistas africanos, y todo llegó a una apoteosis cuando Francia ganó un Mundial, dejando en fuera de juego a Le Pen, gracias a que había acabado con las discriminaciones en la excelente cadena formativa de sus jugadores.

Mario Balotelli, con la camiseta de la selección de Italia/ CHARLES PLATEAU (REUTERS)

El 'caso Balotelli'

Pero en la grada persisten los hinchas racistas que por pura rabia de perdedores insultan a los negros de los conjuntos adversarios para desestabilizarlos, y aún persiste la cobardía de muchos espectadores vecinos que disimulan y no les reprenden. Pero la reacción de jugadores como Balotelli (y antes Alves y otros muchos) que ni aceptan ni callan ni quedan pasivos ante estas situaciones va haciendo girar las  cosas: se sanciona cada vez en más países a los clubs en cuyos estadios suceden esas cosas, se toman medidas contra los xenófobos y el fútbol-institución se está significando por una reacción militante contra la discriminación.

Contra lo que se dice, no es un problema de educación. Quienes se comportan mal en la grada no hacen lo mismo cuando van por la calle. Es un calculado incivismo anclado en principios personales antidemocráticos. Por eso está justificado que el mundo del fútbol haya aceptado el compromiso público de intransigencia ante lo intolerable. El fútbol tiene mucho defectos pero esto es un buen gol en la portería adecuada.