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LA CLAVE

Sánchez e Iglesias, antes de firmar el preacuerdo de Gobierno, el 12 de noviembre.

REUTERS / SERGIO PÉREZ

Un casino en la Moncloa

Luis Mauri

Sánchez e Iglesias saben que han perdido fuerzas de forma gratuita en la última jugada, en la que el presidente ha arriesgado el Gobierno. Ahora, el rugido ultra y la recuperación del PP obligan a Sánchez a retirar sus líneas rojas

Un brillo verde ruleta reverbera en la atmósfera política española. Un destello dostoievskiano. Como Alekséi Ivánovich, el joven y apasionado ludópata de El jugador,  Pedro Sánchez y Pablo Iglesias han jugado obsesivamente con sus votos durante seis meses, hasta forzar una timba electoral innecesaria de la que la izquierda ha salido más débil que entró. En la misma partida inútil, la extrema derecha ha amasado una fortaleza inquietante e insólita desde la restauración democrática.

En todo jugador anida una pulsión autodestructiva. Incluso los más afortunados corren un elevado peligro de sucumbir a ella. Si enfilan una racha de victorias improbables llegan a sentirse invencibles, tocados por un dios, blindados por la baraka. Las apuestas se hacen más y más arriesgadas a medida que crece en ellos una sensación irracional de invulnerabilidad. Hasta que llega el día, siempre llega, en que todo se tuerce.

Muchos socialistas nunca compartieron la arriesgadísima decisión de Sánchez de volver a las urnas. También a la izquierda del PSOE hubo discrepancias con la intransigencia de Iglesias en la negociación del verano. Como fuere, después de más de seis meses de parálisis legislativa y gubernamental gratuita, lo que durante todo ese tiempo se antojó un sacrilegio inadmisible para ambas partes, ahora ha sido negociado, rubricado y sellado con un abrazo en menos de 48 horas por los mismos actores.

Líneas rojas

Ambos son conscientes de que han perdido fuerzas de forma gratuita e innecesaria en la última jugada. De manera especial, Sánchez, que es quien ha expuesto sobre el tapete la ficha del Gobierno. Ahora, el rugido de la extrema derecha y la recuperación del PP le obligan a retirar sus líneas rojas, formar Gobierno con Podemos y aceptar a Iglesias como vicepresidente.

La ludopatía de Dostoievski es el corazón de El jugador, publicada en 1867. Pero en la novela late también la fuerza torrencial del destino y la inutilidad de intentar oponerse a él. Un esbozo doliente y fatalista del alma rusa. No solo los rusos, los españoles también entienden de fatalismo.