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Comunicación

Gente que grita

LEONARD BEARD

Gente que grita

Rosa Ribas

Últimamente gritar parece haberse convertido en la única forma de hablar y discutir para algunas personas. Es el resultado de la normalización del vocerío como hábito comunicativo

Al ver publicidad de agencias de viajes, me pregunto cuándo fueron tomadas las fotos de algunos de los lugares que anuncian. ¿Cuándo fue la última vez en que alguien pudo ver desde un extremo el otro lado del puente de Carlos en Praga? O que se pudo caminar en línea recta por La Rambla sin esquivar a gente. O si hay parejas que de verdad creen que pasearán de la mano por Venecia sin llevarse con los brazos a algún niño despistado por delante. Lo de ver despejadas las escaleras de Santorini en Grecia debe de ser un recuerdo de los más viejos del lugar.

Las imágenes actuales nos muestran estos lugares desbordados de gente. Cuerpos apiñados, móvil en ristre, para captar un amanecer, una estatua humana, la torre de una iglesia, una puesta de sol, una sonrisa congestionada, tal vez, sin que el fotografiado lo sepa, la cara del carterista que le está robando la cartera en ese preciso momento.

Y, con todo, esas imágenes solo nos presentan una dimensión, puesto que en las aglomeraciones humanas, además de los consabidos olores, gases y emanaciones, lo que hay es mucho ruido. Los seres humanos producimos mucho ruido.

Vivimos inmersos en ruido.

Exceso de estímulos

Y el ruido impide pensar, bloquea la mente. Atonta. Lo saben muy bien los que gestionan los comercios y bombardean a los clientes con música altísima. Suele tener bajos machacones que retumban tanto en el cerebro como en el estómago y los pulmones; las voces son casi siempre femeninas. Así se cubre el espectro completo. Se prefiere a vocalistas dotadas de los que se suele denominar “un chorro de voz”, que les sale como de los caños de las fuentes de pueblo, o todo o nada. Tal vez faltaron a clase el día en que se explicó que existe la posibilidad de cantar 'piano'. Así que entre el exceso de estímulos visuales, los golpes de los bajos y los altos gorgoritos, los clientes caminan aturullados por las tiendas, tomando decisiones con las neuronas sobrecargadas. Después llegan a sus casas y se preguntan por qué han comprado eso.

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También sucede en los restaurantes y los bares. Hace unos días fui a comer con un amigo a un restaurante en Barcelona. En el local la música estaba tan fuerte que no podíamos hablar y tuvimos que pedir que nos la bajasen. ¿Por qué pensarían los que llevan el local que era necesario ese nivel de ruido? Lo primero que me vino a la mente es que la comida no podía estar muy buena, que era una maniobra de distracción. Tal vez mientras intentas superar el volumen de la música para poder tener una conversación, mientras la garganta se concentra en gritar a tu interlocutor, no percibes la mediocridad de la comida. Dicen que el dolor más intenso cubre todos los demás que se pueda estar sufriendo. El grito, gritar y que te griten, es una forma de dolor.

"¡Qué gritones que somos!"

Pero últimamente gritar parece haberse convertido en la única forma de hablar y discutir para algunas personas. Es el resultado de la normalización del vocerío como hábito comunicativo. Siempre se ha dicho que aquí se habla muy fuerte. Como muchos de los estereotipos culturales, este tiene un pie en la realidad. Es uno de esos rasgos que, aunque molesto, se ve con cierta condescendencia. Se comenta cuando llama la atención, por ejemplo al entrar en un local. “¡Qué gritones que somos!”. Se baja entonces la voz para volver a levantarla al poco.

El programa de televisión más visto en el país es un griterío de horas y horas, con voces que ya suenan incluso algo rotas tras años de desgaste de las cuerdas vocales. En las tertulias, indiferentemente del tema, se habla a gritos, se interrumpe a los demás, y poco a poco se ha ido fundando la creencia de que tiene razón quien habla más fuerte y no quien tiene los mejores argumentos.

Los gritos han invadido incluso el territorio que parecía la última reserva en la que se podía estar a salvo del exceso de decibelios, el texto escrito. Se han colado a través de las redes sociales, donde la brevedad de los mensajes ya ha llevado a introducir muchos matices a través de elementos visuales porque la imprecisión provocaba, y sigue provocando, más de un malentendido. Así que un icono no solo te puede decir que el mensaje que podría parecer más bien borde a primera vista en realidad quiere ser gracioso, ahora también te pueden gritar en un mensaje. BASTA CON QUE LO ESCRIBAN EN MAYÚSCULAS PARA QUE LAS PALABRAS SUBAN DE INMEDIATO EL VOLUMEN. ¿QUÉ DICEN? NO LES OIGO. ¿QUE DUELE? UN MOMENTO, QUE BAJO EL VOLUMEN.

Faltos de argumentos

¡Qué alivio! Es que el texto en mayúsculas también agobia, cansa, molesta; es ruido, como los gritos y el ruido aturde, no deja pensar. Por eso se gritan las órdenes, las consignas, todo aquello que no tiene más fuerza que el volumen de voz, todo aquello que carece de argumentos.

Les propongo un ejercicio de desintoxicaciónen el próximo debate o en la próxima tertulia donde la gente alce la voz cúbranse por unos segundos los oídos o bajen el volumen si es en la tele. Miren entonces las caras, los gestos, observen sus ojos, su expresión, verán entonces la fealdad de la gente que grita.