03 jun 2020

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Pequeño observatorio

Un grupo de niños escriben letras en una cartulina durante la conmemoración del festival ’Bsant Panchmi’, en un jardín infantil en Katmandú (Nepal). Los estudiantes nepalíes visitan los templos durante este día para rendir culto a la Diosa Saraswati, esposa de Brahma, diosa del aprendizaje y la sabiduría.

NARENDRA SHRESTHA (EFE)

El juego de las palabras y las letras

Josep Maria Espinàs

Hace pocos días me he dado cuenta de que la palabra 'fama' es hermana de 'fam', en catalán 'hambre', del latín 'famen'. Y entonces he empezado a repasar palabras y me he dado cuenta de que laten de vida. Las as son el apoyo de muchas ideas. La más breve y más rotunda quizá sea la catalana 'fam'. Y la más vanidosa quizá es la 'fama'. Que a veces incluso se inflama.

Las palabras son competidoras. Y tengo la impresión de que las palabras se fatigan con tantas efes y tantas as y la expresión les falla. No se trata de fardar, como se dice. Sencillamente se trata de evitar el fracaso en el primer paso.

No puedo saber si el lector de estas líneas es un lector de buena raza y sobre todo si es el rey de la paciencia. A mí me gustan las palabras que tienen varios significados. Aunque, a veces, se me pueda escapar algún disparate. Contra el rigor excesivo o el aburrimiento del ya sabido "tenemos que aceptar la libertad de los errores".

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Yo me excuso por ser un 'letrófilo', un enamorado de todas las letras, con las que me gusta jugar. Evidentemente es una enfermedad que puede que ya tenga nombre: la 'letrofilia'. ¿Debería excusarme? Pienso que no, que es más urgente luchar contra la 'letrofobia'. Es verdad que a veces las letras se amontonan. ¿Quizá la explicación sea que tenemos muchas cosas por decir? En la universidad, a quien dirigía las clases le llamaban 'señor letrado'. Esto debía venir del tiempo en que mucha gente era analfabeta y era un elogio "saber de letras".

Es significativo que en la vida jurídica tenga tanta importancia la precisión de un relato. A menudo somos demasiado vagos cuando nos queremos explicar. "¿Verdad que ya me entiendes?". Cuántas veces deberíamos decir "no, no te entiendo". Pero en muchas ocasiones, entender o no entender no tiene ninguna importancia.