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Elecciones generales

Las dirigentes de los principales partidos políticos, en el debate de La Sexta. 

EFE

Las políticas que merecemos

Olga Ruiz

El debate de candidatas ha puesto de manifiesto lo que muchos ya sabíamos: ellas serían infinitamente mejores líderes de sus respectivos partidos que ellos

Volvemos a estar en el punto de partida, a las puertas de unas elecciones generales en la que sabemos que votar no es una cuestión de ganas sino una necesidad.

Nosotros una vez más estaremos donde hay que estar y después poco más podemos hacer que rezar, los que crean, y esperar un ataque de lucidez política, los que no. La dejadez con la que desde el pasado 28 de abril los políticos han desatendido la función más importante que tenían es insultante para todos los que de forma responsable acudimos a votar. ¿Qué fue primero la incapacidad o la falta de interés? Una y otra deberían ser motivo -más que procedente- para considerarlos no aptos, para sustituirlos y olvidarlos políticamente.

Huelga decir que nada de eso ha pasado, que ahí siguen los mismos actores, el mismo vodevil facilón y sin gracia. Ahí seguimos nosotros también: el mismo público. De nada sirve que seamos más de Dürrenmatt que de Jose Luis Moreno, que prefiramos la reflexión a las risas enlatadas. No ha sido posible, finaliza la campaña y esa es la única buena noticia: que se acaba. Adiós al ruido que todo lo embrutece.

Política sin clase

Sin embargo erramos en nuestra repulsa, cogemos la parte por el todo y renegamos de la clase política en lugar de hacerlo de la política sin clase que todo lo ocupa. El problema no es la política, es la ausencia de la misma, el problema no son los partidos, son los señores que los lideran. Cinco hombres incapaces de entender que el hiperliderazgo les ha sumido en una competición absurda por parecer más líder que el otro líder, más alto que el otro líder y más patriota que el otro líder. Nadan en agua estancada y en círculo, mordiéndose (y en algunos casos midiéndose) la cola. Solo hace falta repasar los carteles electorales de estos comicios para entender lo que de verdad  proyectan: ellos siempre, omnipresentes, solos o acompañados pero siempre un paso -aunque sea un paso- por delante de ellas. Ellos, ¿de verdad han pensado que nos iban a convencer así?

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En esta campaña de errores grandes y desastres pequeños, nos han acabado regalando la evidencia más clara de su discutible liderazgo: ellas. El debate de las políticas -que no "debate de mujeres" equivalente del  rancio "cosas de mujeres"- ha puesto de manifiesto lo que muchos ya sabíamos: ellas serían infinitamente mejores líderes de sus respectivos partidos (excluyo a la ultraderecha, ni un atisbo de halago y normalización por mi parte). Ellas son capaces de dialogar, de abordar temas de calado, de priorizar la educación -la suya y la de nuestros hijos- de coincidir y discrepar desde la elegancia. Ellas intentan hacer política mientras ellos insisten en su vocación de estilitas  encaramados en sus vertiginosas columnas.

No merecemos a nuestros políticos, pero no nos quepa duda de que sí merecemos a nuestras políticas, las merecemos y las necesitamos. Por eso, es casi una necesidad que descodifiquemos esta desganada cita con las urnas utilizando otros parámetros. No es a ellos a quienes vamos a votar el domingo, es a ellas. Lo haremos creyendo que ellos van a captar el mensaje, que sabrán apartarse de un camino que no allanan, entorpecen. Ellas les llevan demasiada ventaja, aun habiendo salido más tarde.