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Dinero difícil

La ministra Nadia Calviño (de pie) conversa con la presidenta del BCE, Christine Lagarde, y el comisario europeo de Asuntos Económicos, Pierre Moscovici, en Bruselas.

AFP / ARIS OIKONOMOU

El factor Calviño

Albert Sáez

Sánchez apuesta porque la economía sea un tema estrella en la próxima legislatura

La economía no ha ocupado en esta campaña electoral el lugar que merecía por el momento en que vivimos. Y es de suponer que tampoco va a ser un elemento nuclear para los electores cuando voten. Una de las pocas propuestas llamativas ha sido la del candidato del PSOE, Pedro Sánchez que anunció en el debate que la actual ministra en funciones de Economía, Nadia Calviño, será vicepresidenta del Gobierno si ganan las elecciones y consigue la investidura. Esta decisión se puede interpretar en planos muy diferentes. De entrada, demuestra que Sánchez sabe algo que otros candidatos quieren ignorar: la economía será el tema estrella de la próxima legislatura, al mismo nivel que Catalunya. En segundo lugar, a nivel interno, acaba con esa bicefalia que viven los gobiernos españoles desde 2011, cuando Rajoy no quiso un vicepresidente económico, y puso a competir a los ministros de Economía y de Hacienda (Guindos y Montoro). Situación que en el gobierno de Sánchez se ha repetido entre Calviño y Montero. Eso no volverá a ocurrir si el PSOE repite en el gobierno. Finalmente, la apuesta por Calviño marca unas líneas rojas en el programa del futuro gobierno: plena ortodoxia europea en su versión más socialdemócrata. De manera que ni Podemos, ni el PP ni Ciudadanos si estuviera en condiciones de hacerlo, van a tener la posibilidad de forzar un giro en la política económica de los últimos meses alineada con la disciplina fiscal que impera en la zona euro pero partidaria de la aplicación de políticas expansivas para estimular el crecimiento económico que permita abordar reformas estructurales que reviertan algunas de las consecuencias del austericidio. Sánchez no se va a mover de ahí, porque ahí es donde está Calviño. Quizás no había mejor manera de resumir su programa económico y de fijar las líneas rojas de los futuros acuerdos. Lo hace además frente a unos adversarios que no han identificado con claridad sus apuestas económicas: Casado no se sabe si sigue contando con un gurú neoliberal como Daniel Lacalle, Rivera anda a la greña con Garicano e Iglesias da menos cancha a Nacho Álvarez de la que se merece.

En este contexto, y siempre que Sánchez logre su propósito, es interesante el papel que puede jugar Calviño en la Unión Europea, donde realmente se decide la política macroeconómica. La nueva Comisión Europea contará con un vicepresidente ortodoxo, el leton Valdis Dombrovskis, pero todo indica que Macron está dispuesto a redefinir la política fiscal aprovechando el ocaso político de Merkel y el mal momento de la economía germana. El modelo de la austeridad como base de un euro hecho a medida de las exportaciones de la locomotora alemana parece haber tocado techo. Hay que estimular el consumo interno (europeo) y eso solo se puede hacer con una mejora sustancial de los salarios que no se puede financiar más que en base a la devaluación de la moneda o al déficit público. Pero como le dijo a los alemanes esta semana el comisario saliente, Pierre Moscovici, si llega el frío, hay que encender la calefacción. Y las guerras comerciales han congelado a Alemania que puede verse forzada a volver a la ortodoxia de los años 90: mejor subir el sueldo a los griegos o a los polacos para que se compren un BMW que confiarlo todo a los nuevos ricos chinos.