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Una época convulsa

Es un fallo de las instituciones

MONRA

Es un fallo de las instituciones

Antonio Argandoña

No podemos pensar que el Estado se va a encargar de solucionar todos nuestros problemas

“¡Oh, no!”, me parece oír al lector. “Otro profeta, que se ha creído que tiene la explicación de todos nuestros problemas”. No, no soy profeta, y no estoy seguro de que tenga la solución de ningún problema. Pero sí me gustaría hacer algunas reflexiones, para ayudar al lector a entender al menos una parte de lo que nos pasa.

Empecemos por una de las explicaciones más frecuentes: la gente está harta. Harta de la corrupción, harta de las mentiras de los políticos y de los medios de comunicación, harta del funcionamiento de la justicia, harta de la desigualdad de la renta y de las oportunidades a las que todos tenemos derechos, harta de que todos vayan a la suya, harta de los políticos y de los partidos… Quizá es verdad aquello del chiste que circulaba hace muchos años: “Que pare el mundo, que me bajo”.

El Estado y los políticos

Pero el mundo no es un autobús y no se para. Lo que sabemos hacer es protestar en la calle, o escribir cartas al periódico, o lanzar proclamas en las redes sociales, pidiendo que “alguien haga algo”. “Ese alguien”, se supone, es el Estado, en el que hemos depositado nuestras esperanzas; o quizá los políticos, que son los que mueven al Estado. La desigualdad la solucionará la política fiscal; la corrupción depende de nuevas leyes y más acciones judiciales; el empleo se conseguirá cambiando una reforma laboral por otra…

Bueno, mi hipótesis es que esto no es un problema que el Estado pueda arreglar por sí solo. Tampoco es un problema de personas. Es un problema de instituciones. “¿De insti-qué?”, pregunta el lector. Pues… de unos sindicatos que han olvidado sus ideales, quizá utópicos, pero que eran capaces de movilizar a los trabajadores para lo que les convenía, sin causar una debacle social en cada huelga. De unas universidades que no tienen muy clara su función en la formación del capital humano de las futuras generaciones. De unas familias que no siempre son las formadoras de esas generaciones, abdicando esa tarea en unas escuelas demasiado, ¿cómo diría?... ¿burocratizadas?, y en unas redes sociales sin norte claro…

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La consecuencia de todo lo anterior es que el Estado se ha convertido en aquel a quien hay que pedir todo: la competencia en los mercados, las instrucciones sobre lo que deben enseñar las escuelas, el dinero para las universidades, los valores que tenemos que practicar, los criterios para que se haga justicia… Y no me refiero solo al Estado central, sino a todo el entramado de poderes, empezando por los ayuntamientos (“pero, ¿van a seguir dejando que los patinetes campen a sus anchas por todas partes?”, me dice el lector), siguiendo por las autonomías y acabando en el gobierno central.

Pero el Estado no será capaz de encontrar esas soluciones, a no ser que se haga cargo de ellos una élite política excepcionalmente preparada, elocuente y efectiva… que no podrá surgir sin el apoyo y la confianza que dan esas instituciones sociales que hemos dicho que están en retirada. Porque la idea de que hacen falta “otros” políticos está muy bien, si alguien nos dice dónde están, cómo se les puede convencer de que sustituyan a los que ahora tenemos, y qué pueden hacer en una sociedad que ha perdido el calor de sus instituciones.

Con el esfuerzo de todos

Esto no es añoranza por los tiempos pasados. Esta es nuestra sociedad, y debemos sacarla adelante, con el esfuerzo de todos. Porque las instituciones no se arreglan a golpe de Boletín Oficial del Estado o de actuaciones del fiscal general del Estado, sino por la acción conjunta de los ciudadanos, que se esfuerzan por recuperar lo que las instituciones deben hacer: poner a los ciudadanos ante sus deberes cívicos y ante la responsabilidad de resolver, ellos, no los políticos, los problemas que nos aquejan, tomando el control de nuestras vidas y recuperando las instituciones que pueden mejorarlas.

Tenía razón el presidente J. F. Kennedy, cuando dijo a sus conciudadanos: “No preguntes lo que tu país puede hacer por ti; pregunta lo que tú puedes hacer por tu país.” ¡Ah!, y no echemos la culpa de todo al capitalismo, porque las ideas que lo mueven vienen de mucho más lejos. O sea, “la” solución no es un impuesto sobre la riqueza, ni la renta mínima para todos, ni el descubrimiento de la teoría de los 'stakeholders'. Todo eso pueden ser medios pero, para que funcionen, hace falta otro entorno, con unas instituciones remozadas.