22 feb 2020

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La situación

Los acampados en la plaza de la Universitat durante la asamblea que celebraron el 3 de noviembre.

SERGI CONESA

Huelgas de ayer y de hoy

Mar Calpena

Hace ya unos años, cuando las protestas del plan Bolonia, vi por la tele a un antiguo profesor mío de cuando estudiaba Ciencias de la Información. Insigne polemista, decía que cada generación a los estudiantes universitarios sentía la necesidad de ir a la huelga. Aquella frase me dolió; apenas unos años antes, mientras él nos explicaba historias, mi curso había hecho lo propio como protesta por la subida de tasas (no logrado) y a favor de la desaparición de la segunda clase de Ferrocarrils de la Generalitat (logrado, aunque probablemente no por mérito nuestro).

Comenté esta teoría de la fiebre manifestante –y de sus derivadas sobre evaluaciones, clases, y derechos– en mi consejo de sabios particular, un grupo de WhatsApp llamado la Escola de Bratwurst. Algunos de sus miembros son profesores universitarios –como puede inferirse por el nombre, de disciplinas relacionadas con la comunicación y el cachondeo–, en diferente grado de precariedad y de distinta adscripción política.

Apuntaron varias cuestiones en las que hubo cierto consenso. En primer lugar, que la petición de un sistema de evaluación única era problemática, al menos, de la forma en que se plantea ahora. Decían que anteriormente no funcionó y que rebajaba el nivel, pero que para alumnos que trabajaban –al margen de si hacían huelga o no– podía ser una solución, que debería quizá haberse rescatado cuando las tasas se dispararon, y apuntaban que lo idóneo podría ser un término medio entre evaluación continua –alguien la calificó como «infantil»– y final. Y señalaban que el proceso no puede ser el mismo en todas las universidades y facultades, y que tiene sus riesgos, como que se formen 'dobles velocidades' en las carreras.

Otro apunte en el que coincidían es que hay pocos alumnos en clase, pero también pocos en huelga. Y muchos en un término medio con aire de vacaciones. Tercera cuestión: las formas les parecían teñidas de romanticismo nostálgico. «Si estudian periodismo, por ejemplo», comentaba una de mis interlocutoras, «que monten debates sobre la censura, si son de Derecho, sobre la sentencia… Que intercambien conocimientos y los pongan en red, porque esa es la verdadera herramienta ahora, y protestar desde lo que son es un privilegio que tendrían que reivindicar como estudiantes, en lugar de montar una 'Rosa de Foc' de juguete». Quien pronunció estas palabras no milita precisamente en el sector constitucionalista del grupo.

Alguien más señaló que durante la guerra de Irak se hacían clases alternativas, charlas, periódicos o entrevistas sobre el tema. Todos coincidían en que estamos en una protesta del siglo XXI con ropaje decimonónico. Y recordé que nuestra protesta, como las que estamos viendo estos días, tuvo algo de naíf también en las formas: además de ocupar el rectorado, intentamos hacer levitar la Generalitat ante dos 'mossos' muertos de risa, y, se dice, leí un manifiesto encaramada a una mesa de bar con soniquete de voz en 'off' de informativo. 'P’habernos matao'.