14 ago 2020

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Los caminos hacia la felicidad

Renuncia y acepta

LEONARD BEARD

Renuncia y acepta

Imma Sust

Soy fan del psicólogo Rafael Santandreu y de su enseñanza de que cada renuncia nos lleva a algo positivo

Muchos somos los fans de Rafael Santandreu. Psicólogo y creador del 'best seller': 'El arte de no amargarse la vida'. Un manual sobre la felicidad basado en la psicología cognitiva. Desde que conocí a Rafael una tarde de tertulia en TV-3, me di cuenta de que sus frases se metían dentro de mi cabeza y ya no salían jamás. También me fascinó su enorme ambición (positiva por supuesto) y pensé que llegaría muy lejos. Así ha sido. Sus conferencias tienen un montón de visualizaciones en internet y ha escrito muchos libros más. Aunque el primero sigue siendo para mi, el mejor. Lo leo y lo releo cuando lo necesito o si siento que me pierdo.

Tras la primera lectura, llamé a su consulta y me decidí a practicar su terapia. Quería probar si el método funcionaba y les puedo asegurar que, en mi caso, funcionó. La terapia racional se podría resumir en una frase del filósofo Epicteto que decía lo siguiente: «No nos afecta lo que nos sucede, sino lo que nos decimos acerca de lo que nos sucede». Hace poco, en un retiro en Andorra, me topé con una nueva conferencia de Rafael y allí descubrí una de sus ultimas enseñanzas: Renuncia y acepta. Viene a decir algo tan simple como que cada renuncia, nos lleva algo positivo. Desde que escuché a Santandreu, que no paro de aplicar esto a prácticamente todo lo que me produce dolor, malestar o tristeza.

La pérdida de un animal de compañía

Lo primero fue la muerte de mi perra. El sufrimiento de perder un animal de compañía es tan grande, que parece imposible renunciar a él y a la vez aceptar algo bueno de ello. Pero lo conseguí. La renuncia fue obligada, no podía permitir que sufriera ni un segundo más. Renuncié a ella para darle el final que se merecía. ¿Y que acepté a cambio? Libertad. Soy soltera y no tengo hijos. Los animales de compañía son adorables, pero nos atan. Ahora soy libre. Puedo hacer lo que me da la gana sin rendir cuentas a nadie.

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Esta fue la primera gran renuncia, luego vinieron más, igual más superficiales pero igual de incómodas. Renunciar a algo no es nada fácil. Mi móvil, por ejemplo. Me lo robaron en mis narices. Casi me da algo cuando me di cuenta. Renunciar a un iPhone 8. ¿Eso quién lo supera? Pues yo os lo digo. Un iPhone X. Fácil. Lo pago a plazos y aquí no ha pasado nada.

Luego hay renuncias mucho más profundas. Renuncio a tener una casa con piscina, pero acepto a mis amigos ricos que sí la tienen y me invitan. La vida es maravillosa, si acertamos al mirarla. Solo hay que cambiar el sistema de valores y ordenar las prioridades. La cosa me anima de tal forma, que cuando me pasa algo malo, me niego a no encontrar la aceptación positiva. Cuesta cambiar y cuesta aceptar que las cosas cambien por su cuenta. Si la vida solo tratase de escoger caminos, todo sería más fácil. ¿Qué no te gusta este trabajo? Déjalo. ¿Qué te gustaría saber cantar? Apúntate a clases de canto. ¿Qué no soportas a tu madre? No la llames ni la veas.

Una reacción de angustia máxima

El problema viene cuando las renuncias no las decides tú. La muerte de un familiar, el abandono por parte de una pareja o que una bajada de tensión acabe con todas las fotos de tu ordenador. Y cuando digo todas, digo todas. Me pasó la semana pasada. Mi primera reacción fue de angustia máxima. Pensando en la terapia de Rafael no logro encontrar la solución. ¿Qué narices tengo que aceptar? ¡Se me ha borrado todo! ¡Mi vida, mi pasado! Respiré hondo tres veces y empecé a pensar en la última vez que había mirado esas fotos. Entonces me di cuenta de que no tenía que renunciar a ellas. Que esa renuncia minúscula formaba parte de una mucho mayor, que hacía años que estaba conmigo, pero que no quería ver. La era analógica. Guardar fotos ya no tiene sentido. Vivimos en un mundo efímero. Solo cuenta el presente y no hay necesidad ni tiempo de ver fotos del pasado. Que si quiero mirar algo, lo que tengo que hacer es entrar en mis redes sociales. Allí está todo.

¡Qué liberación! Renuncio a toda mi fototeca y acepto las mil horas que gano. Las que hubiera gastado ordenando, clasificando, viendo y decidiendo qué narices hacía con todo ese material. Y asumir que las fotos de las redes también desaparecerán. Porque no nos engañemos, las cosas cambian con tal rapidez que, en cinco años, las fotos de mi Instagram ya no estarán. Ya no existirá esa red social y lo colgaremos todo en otro sitio. ¡O en ninguno! Igual algún día renuncio a las redes y acepto la vida física a cambio. No lo sé. En todo caso eso a mí me sirve.

Y acabo con mi última renuncia. Aunque no se lo crean, siempre he querido participar en la mesa electoral de mi barrio el día de las elecciones. Nunca me han llamado. Este año, que he votado por correo porque me voy de viaje, recibo una carta que me cita para ser segunda vocal. Aparece el sentimiento de rabia otra vez. Pero renuncio a ello y acepto mi viaje al Caribe. Qué se le va hacer.