06 jun 2020

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Dinero difícil

Docenas de teléfonos móviles se cargan en una tienda improvisada en un campo de refugiados rohingya cerca de Kutupalong

Bernat Armangue (AP)

El monopolio estadístico

Albert Sáez

La robustez de los Estados modernos se basaba en el ejercicio de algunos monopolios: el de la violencia, el de la moneda, el de la educación y el de la estadística. La disrupción digital y la mentalidad que encarna cuestionan alguno de estos monopolios, ya reblandecidos por el neoliberalismo de los 80 y de los 90. Estados Unidos privatizó en buena medida las guerras de Irak. El euro ha dejado a los gobiernos sin ese placebo para las revueltas sociales que eran las devaluaciones y el bitcoin o la libra de Facebook cuestionan el papel de los bancos centrales como emisores de moneda. Esta semana hemos descubierto que el Insituto Nacional de Estadística (INE) está perdiendo el monopolio de los datos. Acaba de comprarlos a las tres principales operadoras de telefonía móvil. El INE necesita saber lo que se conoce como "población vinculada". Se trata de una estadística de vital importancia para municipios como Barcelona o para las poblaciones turísticas. La población vinculada permite determinar el número de personas que efectivamente utilizan los servicios públicos de un municipio aunque no estén empadronados en él. El Estado liquida los impuestos a los ayuntamientos en función del Padrón Municipal. Pero muchas localidades necesitan dimensionar algunos servicios públicos, como la limpieza o la seguridad, en función de los potenciales usuarios. Y el INE considera que la manera más barata, efectiva y precisa de conocer ese dato es analizar los desplazamientos de los usuarios de las líneas de telefonía móvil. Primera conclusión: hoy en día las empresas de servicios, públicas o privadas, pueden tener más datos del comportamiento de los ciudadanos que el Estado. Otro monopolio perdido.

La segunda conclusión a la que han llegado algunos es mucho más discutible. Ha vuelto a salir el tema de la privacidad y de la protección de datos en el entorno digital. Se parte de la base de que un teléfono móvil es una persona. Una premisa cuestionable. ¿Cuánta gente conocemos que usa un teléfono móvil que no está a su nombre? Mucha, desde muchos adolescentes y jóvenes hasta cientos de empleados que disponen de un terminal de empresa. Al INE no le interesa "quién" está en un sitio sino que cuántas personas, sin importarle la identidad, entran y salen cada día de una población. Las apelaciones constantes a la estética de Gran Hermano empiezan a resultar ridículas. Ciertamente, las compañías de telefonía son las que tienen datos más personalizados de sus clientes y pueden asociar un número a un titular y a una cuenta corriente. Pero aún y así tienen lagunas.  

Los datos han entrado en el mercado siguiendo los pronósticos de Daniel Bell a finales del siglo pasado. El Estado ya no ostenta su monopolio y los usuarios están permanentemente evaluando si el retorno que obtienen por cederlos es justo. Instrumentos como el Reglamento Europeo de Protección de Datos (GDPR) les ayudan a controlar este proceso. Pero seguramente muchos deben pensar también que cuanto más preciso sea el dato de la población vinculada a los municipios en los que viven y trabajan, menos impuestos van a pagar y mejores servicios van a tener.