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CRISIS POLÍTICA EN LA CASA BLANCA

El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump.

AFP

El precipicio se llama Trump

Pere Vilanova

El presidente ha mostrado tanta ignorancia en temas constitucionales como desprecio a los principios que inspiraron a los padres fundadores

Trump empieza su particular periplo ante al 'impeachment'. No sabemos cómo va a acabar, pero la situación va a poner a prueba no solo a Trump sino también a la solidez del edificio constitucional de Estados Unidos. Conocemos los dos precedentes en el siglo XX y, en ninguno de los dos casos, se llegó a proceder con la iniciativa hasta el final. Clinton vio, aliviado, cómo el Congreso aparcaba la acusación por el camino, dada la gravedad de un desenlace incierto. Es verdad que todo el lío de la becaria Lewinski se antojó a los congresistas, al final, un poco desproporcionado. El presidente “había mentido”, vale, la Cámara acabó concluyendo que esta fiebre de pureza moral global que no permite dejar pasar ni una mentirijilla a nadie (ahora tan en boga) era un despropósito.

Recordemos el otro supuesto, mucho más grave, de Nixon en 1974. Ahí no se trataba de una pequeña mentira sino de abuso de poder, espionaje a oponentes políticos y un largo etcétera llamado 'Watergate'. Entonces, lo que llevó a dimitir voluntariamente al presidente Nixon fue la gravedad del caso, la dimensión del delito y el hecho de que el partido republicano, en 1974, antepuso el interés de la Constitución por delante de su propia coyuntura electoralista. Y Nixon dobló la rodilla. El tercer caso se remonta al final de la guerra de Secesión, en 1865, y el Congreso mostró ahí su poder frente al poder ejecutivo, es decir la Casa Blanca.

El primer peldaño

Ahora, todo es bastante distinto, y mucho peor. Ante todo, lo que ha aprobado la Cámara de Representantes (Cámara baja), gracias a su mayoría demócrata, es empezar formalmente con el proceso que, en su caso, podría llegar (o no) al 'impeachment' del presidente. Es decir, se inicia la carrera de fondo, se aprueban unas reglas de procedimiento muy exigentes y al final de este primer recorrido, que equivale a formalizar la acusación al presidente, se pasa al siguiente escalón. En éste, sería el Senado (Cámara Alta) el que debería juzgar –es decir, votar- si destituye al presidente.

Un primer obstáculo está en el Senado, donde los republicanos tienen mayoría clara y el actual Partido Republicano no es el de 1974, no digamos ya el de Eisenhower en los años 50. Muchos congresistas republicanos temen a sus votantes, sobre todo en estados donde votaron a Trump. Un segundo obstáculo es que en lo que lleva de presidencia, éste ha mostrado tanta ignorancia en temas constitucionales como desprecio a los principios que inspiraron a los padres fundadores. Parece capaz, ya que ha dicho más de una vez que no acepta imposiciones del Congreso, de atrincherarse en la Casa Blanca, negarse a declarar, o, ya puestos, a construir un muro en Colorado (por si llegan mexicanos) y otro en la Avenida Pensilvania de Washington, por si llegan congresistas demócratas.

Todo vale, y todo valdrá. Jamás el sistema constitucional norteamericano ha tenido que hacer frente a tamaño desafío, lanzado además por el propio presidente de la nación.