Análisis

Paradojas electorales

La agitación electoral empobrece los debates en vez reforzar la calidad de la democracia

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Simpatizantes del PSC en el mitin de Pedro Sánchez en el pabellón del Vall d’Hebron

Simpatizantes del PSC en el mitin de Pedro Sánchez en el pabellón del Vall d’Hebron / FERRAN NADEU

Entramos en la campaña electoral formal. La más corta desde el fin del franquismo: una semana. Pero, paradójicamente, también la más larga desde 1977. De hecho, estamos en campaña desde la primavera pasada. Apenas proclamados los resultados, comenzó la representación de unas negociaciones ciclotímicas entre el PSOE y UP. Una escenificación que, de forma previsible, desembocó en una nueva convocatoria electoral. Lucha pura y dura por el relato. Hemos enlazado la larga campaña que llevó a las elecciones del pasado 28 de abril con la larga campaña que culminará el próximo domingo, 10 de noviembre.

De hecho, vivimos en una especie de campaña permanente que cíclicamente se intensifica, pero que nunca se detiene. Una tensión electoral permanente que no actúa como estímulo de debates políticos de calidad. Todo lo contrario. Genera una situación ambiental que favorece los debates de contenido simbólico y emocional en una lógica discursiva estrictamente propagandística. Segunda paradoja: la agitación electoral empobrece los debates en vez reforzar la calidad de la democracia. Los últimos meses son una muestra muy ilustrativa. La sociedad española necesita hacer frente a una serie relevante de retos y amenazas. Desde el combate a la corrupción, la crisis demográfica o la lucha contra el paro, a la actualización del sistema productivo, la sostenibilidad del sistema de pensiones y el reforzamiento del Estado del bienestar. También, naturalmente, la gestión del conflicto democrático entre la Generalitat y el Estado.

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Si Sánchez hubiera escogido como terreno de debate político el eje izquierda/derecha habría podido dar relieve a las temáticas referidas al sostenimiento y consolidación del Estado del bienestar. Pero esto le conducía al pacto con UP y a un tratamiento político de la "cuestión catalana". Y optó por marcar la máxima distancia con UP y el soberanismo catalán. Haciendo esto, ha desdibujado el debate sobre las políticas sociales y ha subrayado la relevancia de la "cuestión catalana" entendida como cuestión de orden público, afirmando que el independentismo ha fracasado y que no hay un problema entre Catalunya y España, sino un "problema de convivencia en Catalunya".

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Y aquí aparece una nueva paradoja: queriendo reforzar la posición del PSOE, ha reforzado el marco mental en el que más cómoda se encuentra la derecha española.

No parece que este regalo a las derechas herederas de Aznar acabe siendo un buen negocio en términos electorales. Pero en estos 'tiempos líquidos' mejor no hacer demasiado pronósticos. En todo caso, a 10 días para la cita electoral, ya podemos hacer dos pronósticos. En primer lugar, que lejos de reforzar la posición de Sánchez, el mapa electoral resultante todavía hará más complicada la gobernación. Y, en segundo lugar, que la campaña electoral de Sánchez combinada con la sentencia del Tribunal Supremo hacen más honda la desafección catalana a la política española. Y aquí encontramos la última paradoja: cuanto más habla Sánchez de la división de la sociedad catalana, más se ensancha la distancia emocional entre buena parte de la sociedad catalana y los poderes de Estado españoles.