Al contrataque

Todo nos cuesta demasiado

Padecemos una gran debilidad y fragilidad democrática. Eso se exterioriza continuamente y lo de Franco ha sido un ejemplo más

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Francis Franco, nieto del dictador Francisco Franco.

Francis Franco, nieto del dictador Francisco Franco. / REUTERS Nathan Frandino

La gente seria de todo el mundo considera que hemos tardado demasiado en sacar a Franco del Valle de los Caídos. Además de dictador golpista fue técnicamente hablando un criminal, un ladrón y un agresor de los derechos humanos de sus conciudadanos. No merecía un enterramiento de honor. Pero han pasado muchas décadas desde su fallecimiento y aquí ha faltado la normalidad democrática suficiente para efectuar antes ese gesto, que se ha hecho con corrección y sin ningún resabio de venganza. La opinión pública internacional se ha quedado de piedra cuando en el 2019 ha escuchado el sarcasmo de que no hacían falta tantas prisas o cantinelas del tipo de hacerlo reabría las heridas de los vencedores de la guerra civil o era incluso una profanación. No ha entendido asimismo que se soportase sin respuesta el cinismo desvergonzado de la familia Franco, que llegó a intentar colar en el acto una bandera fascista. Los españoles podemos explicar a esos extranjeros que esta familia vive psicológicamente crecida por la impunidad con que se deja comer y lucir –a nietos y bisnietos— con el dinero y los bienes amontonados por el llamado 'caudillo', que en realidad sólo ganó honradamente su sueldo como militar.

Lo de Franco es solo un ejemplo más. Aquí todo lo relacionado con el espíritu de las libertades le cuesta demasiado a nuestro pueblo, muy castigado a lo largo de la historia y siempre maltratado por el poder político y sus tradicionales aliados del mundo eclesial y la justicia subordinada. Flota en nuestro aire mucho temor. Hay cobardía de los líderes  y cobardía colectiva, como en este caso, pero la definición más precisa de lo que vivimos es que padecemos una gran debilidad y fragilidad democrática. Eso se exterioriza continuamente.

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Un ejemplo reciente de lo que describo lo tuvimos en nuestra incapacidad de organizar una verdadera alianza progresista aunque existían los escaños parlamentarias necesarios para construirlas. Pero abortó. Creo que fue decisivo el miedo a molestar al pensamiento conservador en cuestiones como el replanteamiento territorial (cuando el actual ha quedado corto), la modernización de la justicia (desplazando de una vez a las familias y clanes que la controlan desde el régimen anterior), y el cambio de los parámetros económicos y laborales para hacer políticas diferentes después que el 'austericidio' nos han llevado a consolidar más desigualdades que nunca.

Aquí todo nos cuesta demasiado. Otro ejemplo: en la Catalunya actual ya es imposible intentar definir y diferenciar lo que es y no es violencia. Eso llega al extremo de que los directores de orquesta de un movimiento esencialmente pacifista se permiten estimularla y considerarla positiva sin que su propio mundo se rebele contra ellos.