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Análisis

Pedro Sánchez.

FERRAN NADEU

Danzad, danzad, malditos

Antón Losada

Los genios que decidieron acortar la campaña a una semana, para que votemos rapidito, se olvidaron de ajustar la normativa. El mismo día del único debate entre candidatos es la última fecha para publicar encuestas

A unas elecciones raras no podía corresponder otra cosa que esta campaña bizarra. Queda una semana para que los electores acudan a las urnas, sin tener muy claro por qué deben volver si ya votaron claramente en abril y divididos respecto a quién culpar por esta repetición. No va a contribuir a relajar semejante estado de ánimo una campaña que empieza con la Junta Electoral expedientando al presidente y al Gobierno por convertir la Moncloa en su plató electoral, mientras deciden si son o no federalistas, con noticias sobre cuentas falsas donde, gente próxima al PP, se hace pasar por errejonistas para malmeter entre la izquierda y con decenas de ciudadanos llamando a las radios para quejarse de recibir propaganda electoral, pese a haber solicitado expresamente ser dejados en paz.

El aviso de la JEC a Pedro Sánchez infarta el corazón de su mensaje, construido sobre la idea de que solo él puede ser presidente y todos los demás únicamente pueden aspirar a impedírselo. La precampaña parecía una entrega del 'Mira quién baila'. Los socialistas reclaman a todos que dejen de pactar contra ellos, Podemos exige a los socialistas que aclaren si acordarán con los populares y la derecha demanda a los socialistas que rompan con morados e independentistas. Ni debate de ideas, ni contraste de programas; dime con quién bailas y te diré de qué pie cojeas.

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La campaña socialista maneja un relato tan conservador que, lejos de activar a la mítica mayoría cautelosa que aguardaba la buena nueva del candidato del orden y la estabilidad, está produciendo como principal impacto reducir de manera drástica la cómoda diferencia que separaba a la izquierda de la derecha antes del verano. El desinfle de Ciudadanos parece alimentar a Pablo Casado e inflar a Vox, pero empuja poco a un PSOE que ve, visiblemente desconcertado, cómo Pablo Iglesias no solo no se derrumba sino que, como ha sucedido siempre, remonta en campaña, mientras la entrada en juego de Iñigo Errejón parece registrar más efectos secundarios e imprevistos que primarios y deseados.

Tres de cada diez votantes deciden su voto durante campaña, cada vez más en las últimas 48 horas. La diferencia reside en que, esta vez, van a tener que convencernos en menos tiempo y hacerlo todo al doble de velocidad. Nadie sabe muy bien qué efectos puede tener tal aceleración. El lunes se producirá uno de los momentums que pueden decantar nuestro proceso decisorio… o no, porque solo los historiadores nos lo podrán decir. Los mismos genios que decidieron que era una buena idea acortar la campaña electoral a una semana, para que votemos rapidito y sin hacer muchas preguntas, se olvidaron de ajustar la normativa. El mismo día del único debate entre candidatos es la última fecha para publicar encuestas. Nosotros, los votantes, iremos a ciegas y a tientas. Los candidatos, no. Tal vez deberíamos preguntarnos si este desequilibrio no debiera reproducirse al revés para que una democracia funcione mejor.