04 jun 2020

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ANÁLISIS

Un contenedor quema durante los altercados por el desalojo de La Carbonería.

Alejandro García (EFE)

Blanquear la violencia desacredita la desobediencia

Andreu Claret

La violencia no es simétrica: una es ejercida como monopolio de todo Estado de derecho y la otra está dirigida contra el Estado

Quienes blanquean la violencia están descreditando la desobediencia civil. Esta es una de las peores consecuencias de la actitud timorata que han tenido algunos líderes independentistas al no criticar la violencia que asola Barcelona y otras ciudades catalanas. Algunos, como Quim Torra, lo han hecho a regañadientes, exhibiendo equidistancia entre violentos y policías. La que nunca mantuvieron cuando Artur Mas fue obligado a coger un helicóptero para llegar al Parlament cuando ‘jóvenes’ indignados rodeaban el parque de la Ciutadella.

He escrito "jóvenes" entre comillas porque todo empieza por el lenguaje. No es que la mayoría de aquellos manifestantes no lo fueran. No es que no lo sean quienes transformaron la Via Laietana y el Eixample en un campo de batalla. La mayoría de entonces lo eran como lo son muchos de los que han incendiado más de mil contenedores. Pero mil contenedores no los queman "jóvenes", los queman personas de la edad que sea, que tienen un propósito y una organización.

El lenguaje no es neutral y precede enfoques que pretenden relativizar lo ocurrido. Hace tiempo que en Catalunya el uso de un lenguaje desmedido ha creado las condiciones para llegar a donde hemos llegado. Esto es, a que jóvenes, sin comillas, que lo han mamado en casa, que lo han oído en TV-3, y que lo han compartido en las redes durante años tengan una reacción propia de su edad: si los policías que reprimieron los votantes el 1-O eran "fuerzas de ocupación", a por ellos, sin los distingos que hacen los padres. Los Mossos también lo son. Este deslizamiento del lenguaje que ha llevado a llamar "fascista" a todo aquel que está contra el ‘procés’ ha preparado el estallido. Sólo hacía falta una sentencia que muchos consideramos totalmente desproporcionada, y unas formas de movilización digital prodigiosas, dignas de estudio en una cátedra de Harvard.

En un programa de televisión, una periodista invitada llamó "chiquillos" a los manifestantes. Yo vivo cerca de Via Laietana y aquel viernes me acerqué al infierno. Muchos lo eran. Pero la periodista no lo hizo para preguntarse qué los había llevado a jugarse el tipo de esta forma tan insensata. Lo hizo para contraponer la vulnerabilidad de estos "chiquillos" a la fuerza bruta de unos policías retratados como los de la 'Casa de Papel'. Lo hizo para argumentar que la violencia empezó siempre del lado de la policía y que la otra era reactiva. No lo comparto, pero en una cosa tiene razón la periodista. La violencia no era simétrica. No lo es por su propia naturaleza. Mientras una es ejercida como monopolio de todo Estado de derecho (de acuerdo o no a las convenciones establecidas, esto lo dirán las investigaciones) la otra está dirigida contra el Estado, y no siempre se ejerció en legítima defensa. Al menos en muchas de las imágenes que pudimos ver. Mientras esta idea no se recupere y se imponga un relato de reminiscencias anarquistas, desacreditaremos la desobediencia. Aquella que ejercieron los Jordis y por la que están, a mi juicio, condenados a penas inmerecidas.