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Literatura

Pilas de libros en la Bienal de Sao Paulo. 

EFE / Fernando Bizerra Jr

Por los traductores

Rosa Ribas

El mundo es, por fortuna, diverso y nunca llegaremos a entenderlo del todo, pero vale la pena mirarlo, probarlo, tocarlo. Por eso necesitamos a los traductores

No solemos fijarnos en los puentes mientras los cruzamos. A veces, algunos contemplan con asombro la longitud del puente o el abismo que atraviesan y admiran el prodigio de ingeniería. Algo similar sucede con las traducciones. Pero, por lo general, los traductores son transparentes, procuran que no sintamos su presencia en el texto. Sin embargo, están ahí, omnipresentes, porque cada palabra que leemos la han escogido ellos. Lo mismo que hicieron los autores al escribir el original.

Para los escritores, los traductores son nuestra voz en la otra lengua. Seremos tan buenos como lo sea nuestro traductor. A veces nos hará incluso mejores.

Insatisfacción perpetua

He tenido el privilegio de que algunas de mis novelas hayan sido traducidas a otras lenguas y en muchos casos la suerte de que mis traductores se hayan puesto en contacto conmigo para consultarme dudas o decisiones difíciles, algo para lo que no encontraban una solución satisfactoria. Los escritores y los traductores comparten el perpetuo estado de insatisfacción con su trabajo y la creencia, casi supersticiosa, de que, con solo que hubieran tenido unos días más, el texto habría quedado perfecto. El grado de insatisfacción es directamente proporcional al número de días que faltaron, una semana, un par de meses, un año… En el fondo sabemos que es la vida entera. Los traductores son tan obsesivos como los autores. Una frase, una palabra les persigue durante días hasta que la encuentran. O no. Como los autores.

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Los traductores son también los lectores más atentos y más críticos, los que descubren errores que no solo se les escaparon a los autores, sino también a los editores y los correctores. En una ocasión mi traductora alemana me escribió casi disculpándose porque había topado con un error bastante gordo en la novela que estaba traduciendo. Lo arregló y desapareció de la versión alemana, por suerte, porque los lectores alemanes son implacables. En la versión original en castellano, en cambio, lo he dejado incluso cuando una nueva edición me daba la oportunidad de corregirlo. Se lo debo a una observación de una alumna asistente a una charla con alumnos del instituto Baldiri Guilera, mi antiguo instituto en El Prat, en la que conté esta anécdota. Esta alumna comentó que, en su opinión, este error era como una especie de testimonio de la escritora que era en ese momento. Y pensé que tenía razón, que los libros también hablan de la evolución de los autores y que esos ojos que aparecían y desaparecían de un cadáver en mi novela 'Entre dos aguas' son parte de mi historia. Además, no tiene sentido reescribir las obras del pasado, tampoco las propias. Cada obra es hija de su momento, de su tiempo. De ahí que me parezca no solo absurdo, sino directamente estúpido que se 'corrijan' los clásicos para adaptarlos a sensibilidades actuales, que se eliminen y censuren términos que hoy en día suenan ofensivos. Quitar esas palabras no borrará de la historia la esclavitud, el racismo, la violencia o el machismo. Falsea la historia, el momento, incluso la imagen del autor. Aceptemos que en el pasado muchos, hijos de su época, fueran racistas, machistas, partidarios de la esclavitud… Lo que no podemos aceptar es que lo sean los hijos de nuestra época.

Entre mundos

Los traductores se mueven entre mundos, cruzan con naturalidad entre uno y otro para aproximarlos hasta donde lo permite el afán de no falsearlos. Los traductores comprenden y hacen comprensible. Es lo que tiene moverse entre lenguas. Es lo que se pierden los defensores y cultivadores del monolingüismo. Conocemos mucho mejor nuestra propia lengua cuando aprendemos otra. Sucede lo mismo con nuestra sociedad o nuestra cultura. Vivir inmersos en ellas, sin otra perspectiva, no reduce. Convierte lo 'nuestro' en absoluto. Por eso son tan importantes los traductores.

Porque, aunque saben bien que no es lo mismo pasear por un bosque alemán que por uno mediterráneo, que un cuenco para la sopa será diferente en Tokio o en Gijón, que el café que toman los personajes en una novela estadounidense sabe diferente, harán todo lo posible para que crucemos un puente y entremos en ese bosque, tomemos el cuenco de sopa en las manos y probemos el café. Para que sepamos que hay otros bosques, otras formas y otros sabores, que el mundo es, por fortuna, diverso, que nunca llegaremos a entenderlo del todo, pero vale la pena mirarlo, probarlo, tocarlo. Por eso necesitamos a los traductores, empeñados libro a libro en esa tarea imposible pero necesaria. Imprescindibles. Mucho más hoy en día, cuando tantos parecen empeñados en destruir los puentes.

Brindemos por ellos.

Temas: Libros