01 oct 2020

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IDEAS

La escritora granadina Cristina Morales.

EFE / Mario Guzmán

'L' Antitaliano' y la disidencia

Xavier Bru de Sala

Giorgio Bocca fue mi periodista europeo de referencia. Un contraluz contrapicado que abría en canal los defectos de su país. Bien leído, era muy razonable. Si además de admirarlo y aplaudirle, sus conciudadanos le hubieran hecho un poco de caso, a él y a los críticos de su cuerda, Italia no habría caído tanto. La página semanal de Bocca en L'Espresso se titulaba 'L' Antitaliano'. Pero era un integrado, no como Cristina Morales que debe de ser en estos tiempos, junto a Miquel de Palol, una de las pocas autoras auténticamente hirientes de nuestro paisaje cultural. ¿Alguien se imagina que un diario o semanario de referencia publicara una sección titulada 'El antiespañol' a cargo de un enamorado de España o 'El anticatalán' a cargo de un catalanista de pro? Pues eso.

Es importante abrir paso a los disidentes y a provocadores que saben usar la escritura para cuestionarnos 

Cristina Morales ha sido crucificada incluso por los mismos que la han premiado, a los 34 años, con el nacional de Literatura, que llega tras el Anagrama. El jurado destaca la soledad de la escritora en el panorama, pero he aquí que a través de la palabra se puede llegar a percutir el mundo con un ariete de gran tamaño empujado por una sola mente. Sus palabras a favor de los incendios en vez de los turistas en Barcelona han suscitado ríos de lava contra de ella. No arderá como las brujas, al contrario, cuanto más se pretenda anatemizarla, más decibelios en su voz. Porque Morales no habla desde  ninguna de las dos trincheras nacionales confrontadas sino desde su propio espacio y punto de vista.

Sin disidencia no hay pluralismo, sin pluralismo, el pensamiento se convierte no sólo en único sino en monocorde, monocolor, uniformado, despojado de márgenes y corrientes. Por eso es importante, ahora que el radio de lo que decible se acorta y el perímetro de las cuatro verdades hieráticas y contrapuestas nos aprieta como una garra en la garganta, que abramos paso a los disidentes, a los provocadores, a los raros que saben usar la escritura para cuestionarnos. No también sino sobre todo desde el desacuerdo. Por higiene mental. Para respirar un aire no tan enrarecido.