La marcha de SCC

Reacción

El españolismo solo se ha podido organizar tras la respuesta, negativa, claro, sin proposición

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Manifestación constitucionalista en Passeig de Gràcia

Manifestación constitucionalista en Passeig de Gràcia / EMILIO MORENATTI AP

Este domingo Societat Civil Catalana ha vuelto a organizar una manifestación en el centro de Barcelona, recorriendo el paseo de Gracia. Es la tercera vez que lo hace con una movilización considerable, siempre buscando un pretexto en alguna acción previa del independentismo. Su protesta del 8 de octubre del 2017 tenía como precedente en el referéndum celebrado siete días antes, mientras que la del 29 de octubre de ese mismo año venía desencadenada por la declaración de independencia de hacía dos días. Esta vez la organización españolista ha salido a las calles como reacción a las manifestaciones independentistas de rechazo a la sentencia del Tribunal Supremo, un dictamen que ha impuesto hasta 13 años de cárcel a los presos políticos catalanes.

Es sintomática esta dinámica de acción-reacción y sirve para entender los mecanismos de la vida política catalana y española de estos últimos años. Mientras el independentismo ha sido capaz de crecer a través de la propuesta, el españolismo se ha podido organizar solo tras la respuesta. Respuesta negativa, claro. El lema oficial de la convocatoria ya auguraba que esta vez no sería diferente: "¡Basta!", con letras bien grandes, alejaba cualquier tendencia propositiva. No es solo el eslogan: es el presidente de Societat Civil Catalana, Fernando Sánchez Costa, yendo tan falto de ideas como para tener que recurrir a parafrasear Carme Forcadell con el "'President', ponga las urnas" y un discurso altisonante y extraterrestre hablando de "bucle chovinista provinciano con cadencia batasuna" lo que indica que no hay ninguna imaginación de fondo más allá de llevar la contraria y entonar el "virgencita, virgencita que me quede como estoy".

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Ni la presencia de ministros como José Luis Ábalos o Josep Borrell, ni la asistencia de líderes políticos estatales como Pablo Casado, ni el repique de campanas de toda la prensa madrileña, ni los autocares venidos de toda la Península han podido evitar la pinchazo de la convocatoria, con unos 80.000 manifestantes según la Guardia Urbana, lo que contrasta escandalosamente con las 350.000 que el mismo organismo contó el día anterior en la manifestación independentista que desfiló tras la pancarta titulada "Libertad!". Ciertamente, comparar las dos protestas no es un método científico que pueda resolver nada y hay que ser consciente de que cuesta más sacar a la gente a defender el statu quo y el sistema imperante porque de eso ya se encargan las estructuras del Estado. Una vez dicho esto, hay que remarcar que es bueno que toda la sociedad catalana pueda expresarse en el sentido que crea conveniente, en la cuestión de la autodeterminación y en todas las demás que le afecten. Ya solo faltaría poder exponer los argumentos positivos y negativos en una campaña electoral, hacer una cruz en la papeleta y depositarla en una urna con total normalidad. Así obtendremos un método infalible, incomparable con la incertidumbre de tener que poner los municipales a contar personas.