20 sep 2020

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EL LABERINTO CATALÁN

Quim Torra, en los pasillos del Parlament.

ACN

Sin diálogo y sin violencia

Xavier Bru de Sala

Ya diáfano que el presidente Torra ni controla el Govern -todos con el 'conseller' Buch- ni siquiera es capaz de portar una mínima agenda -ocurrencia de un nuevo 1-O de cabeza al cajón-, solo le queda sentarse en la puerta y esperar a que pase su cadáver político. El suyo, no el de ningún rival porque no puede tenerlo. Su esperanza de pasar a la historia del catalanismo en positivo consiste en volverse símbolo. Símbolo de una actitud empecinada de rebelde que se niega a ingresar en los cuarteles de invierno. Lástima que la plaza de símbolo ya está ocupada, precisamente por quien lo designó y ahora, como hiberna, no pía ni contra los Mossos ni a favor de ningún tipo de acción unilateral. La compasión es mejor que el rechazo.

Si algún día hay diálogo no será ni en esta legislatura autonómica ni en las presentes o inmediatas circunstancias. Si algún día llega a haber diálogo no será Quim Torra quien lo encabece, porque no es interlocutor válido para la otra parte del conflicto. No es previsible que ninguno de los futuros inquilinos de la Moncloa le levante el teléfono. Ni gobierno pues, ni agenda, ni interlocución, puede que ni siquiera símbolo, tan solo pendiente de cuándo los socios del gobierno que preside pero no encabeza decidirán prescindir de él.

¿Por qué no autonómicas ahora? Porque el realismo aún tiene que madurar un poco dentro de JxCat. Porque ERC prefiere que se lo carguen los suyos en vez de pasar por émulos de Bruto. Y aún por otro motivo: podría ser, podría, que la doble cara de JxCat lograra frenar la caída electoral de los posconvergentes. Algunos de sus votantes, de derechas pero sulfurados, aplauden a los que pasan por irreductibles y se enfrentan de boquilla sin saltarse ni una coma del orden establecido. Los menos emocionales, quizás tanto o más calculadores, confían en que entre Artur Mas, Jordi Sánchez y Miquel Buch consigan fidelizar bastante votante independentista de orden como para mantener en sus puestos a la gran mayoría de cargos, ya sean electos, ya designados. Si la tensión disminuye en la calle, también bajará dentro de la política. Si las urnas avalan la ambivalencia, JxCat comprobará su utilidad. Es más cómodo alargar la tregua e instalarse en la contradicción que proseguir las luchas fratricidas, sobre todo si los electores premian la concordia ficticia.

Sea cual sea el resultado de las urnas de noviembre, los próximos tiempos se caracterizarán por dos ausencias. No habrá diálogo. No habrá violencia. No por falta de jóvenes independentistas airados y exaltados sino porque quien los apadrinaba desde la dirección política e intelectual del independentismo ha dejado de hacerlo y no es previsible que hoy por hoy vuelvan a levantar la barrera moral -mira por dónde movible- que delimita el perímetro del pacifismo. Los hechos de Barcelona se han convertido en eje de la campaña electoral española. Si la violencia no vuelve a Catalunya en los 15 días que faltan para el 10-N, Pedro Sánchez podría, podría, recoger un premio por haber negado el diálogo y eliminado la violencia.