14 ago 2020

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Dos miradas

Un momento de ’La mort i la primavera’, de Joan Ollé, en el Teatre Nacional de Catalunya.

TNC / MAY CIRCUS

Glicinas y estiércol

Josep Maria Fonalleras

Joan Ollé ha sabido encontrar "el olor de las glicinas y el hedor del estiércol: la muerte y la primavera" con una adaptación estremecedora

Al salir de ver el montaje de 'La mort i la primavera' que se estrena este jueves en el TNC, comenté a Joan Ollé que aquel universo oscuro, onírico y enigmático me dirigía hacia otro mundo simbólico, tan "terriblemente poético y terriblemente negro" como el de Mercè Rodoreda. El de Juan Rulfo en 'Pedro Páramo'. Los muertos que deambulan, la violencia soterrada (o no tanto), el vértigo de la nada, el descenso a los infiernos, con el envoltorio de la apariencia de una vida cotidiana en la que todo transcurre según unas reglas que, cuando las descubrimos, nos abocan al vacíoComala y este pueblecito sin nombre con un cementerio de árboles.

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Racine afirmaba que la literatura tenía que “plaire et toucher”, es decir, deleitar y percutir. Aturdidos después del puñetazo del poeta. Esta novela fascinante, extraña, escrita y reescrita a lo largo de los años, te introduce en el terror de la existencia a partir de una lengua exquisita: "dice las cosas de la manera más pura e inesperada". Y Ollé ha sabido encontrar "el olor de las glicinas y el hedor del estiércol: la muerte y la primavera" con una adaptación estremecedora. No saldrán indemnes, de esta excursión a los ámbitos más tenebrosos.