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Al contado

Via Laietana en llamas durante los disturbios. 

FERRAN NADEU

Amar al país y a su economía

Agustí Sala

El problema no es que haya turistas o empresarios que se asusten de lo que ven sino que otros que iban a venir opten por no hacerlo

Algunos (muchos) dicen mostrar su amor al país, en forma de protestas movilizaciones en favor de la independencia. No lo dudo, pero ¿se han planteado los efectos de algunas actuaciones sobre la economía? Al final, el dinero, temeroso, mueve el mundo. Y tambien en Catalunya, donde el turismo es un pilar de la riqueza que se genera anualmente, al suponer en torno al 12% del total, en especial en Barcelona. Y algo parecido pasa con el comercio.

Si la economía catalana se resiente, como sucedió en el tercer trimestre del 2017 por el referéndum del 1-O, no creo que sea porque se manifiesten pacíficamente miles de personas en contra de la sentencia del 'procés' o en defensa de la independencia. La protesta pacífica es un ejercicio legítimo en una democracia. Algo indiscutible.

Otra cosa son los disturbios en las calles, la quema de contenedores, de coches, de semáforos, de mobiliario urbano y los enfrentamientos callejeros que el 'president' Quim Torra, en ese papel de Doctor Jeckyll y señor Hyde al que juega sin rubor, tardó tanto en condenar. Y no solo con tardanza, sino con poco convencimiento. Su actuación de los últimos días compatibilizando su alma de activista con el cargo de 'president' y, por tanto, jefe máximo de los Mossos, ha roto el Govern y dado imagen de desgobierno.

En este contexto, Foment del TreballPimec, el Cercle d'Economia e incluso la Cambra de Comerç de Barcelona, de mayoría independentista, cada uno con su perspectiva, han pedido que se evite deteriorar la economía. Con todo, el presidente de la CambraJoan Canadell, sin promover directamente la huelga general, relativizó a través de su Twitter el coste de un día de paro: 0,15% del PIB y lo comparó con el déficit fiscal (el desfase entre lo que Catalunya recibe como inversión del Estado en relación con lo que aporta con impuestos), que sitúa en el 8% del PIB.

Una insinuación osada. O ¿acaso obtendremos esos 16.000 millones (si es que esa es la cifra del déficit fiscal) a base de dejar de generar de 600 a 800 millones por día paralizando el país con huelgas y protestas? Tratar de cronificar el conflicto inflamando directa o veladamente los ánimos, puede acabar provocando la ruina. Una penosa prueba de amor por el país. Muchos empresarios y agentes sociales, incluso aquellos que flirtean con la idea, lo admiten en privado pero o no se atreven o no quieren reconocerlo en público. 

Y es que el problema no son los turistas o empresas que invierten hoy en Barcelona o Catalunya y que se pueden asustar por lo que ven en las calles sino aquellos que, en las próximas semanas y meses, pueden optar por otros destinos que visitar o en los que hacer negocios. Porque amar al país es también cuidar su economía.