Ir a contenido

IDEAS

Disturbios del miércoles en Barcelona, en Marina-Gran Via. 

FERRAN NADEU

En los límites de la ley

Jordi Puntí

“Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”, decía Wittgenstein, y estos días vemos una multitud de ejemplos que le dan la razón. La sentencia del Supremo, tan desmesurada, funesta y cicatera, se sirve de la jerga judicial y la pirotecnia verbal para construir una cárcel también de palabras. Fuera del artificio montado por los jueces, fuera de su Tribunal Supremo, palabras como violencia o sedición significan otras cosas. La deformación interesada de su sentido obedece a una mirada sobre el mundo, o más bien a intentar que el ancho mundo se adapte a su mirada restrictiva. Así la interpretación de la ley se convierte en una forma de hacer pasar por el aro, y al mismo tiempo, como ha señalado el colectivo de Abogados de Izquierdas, reducirá en el futuro los límites legales en cuestiones como la libertad de expresión o de manifestación.

Lo escribía Susan Sontag: “Sentirse herido es pasivo; estar enfadado es activo”

Las reacciones ciudadanas provocadas por la sentencia también chocan con los límites del lenguaje. La desobediencia civil se puede producir de formas muy diversas, y no es lo mismo una resistencia pacífica que una no-violenta. Ante las barricadas y los contenedores quemados, muchos independentistas responden diciendo que son grupos organizados y radicales, con una agenda clara, y que se deberían evitar a toda costa. Un paso más allá, la extrema derecha española lo reduce aún más y habla de terrorismo, estado de excepción y violencia extrema: palabras que les ayudan a deformar la realidad en beneficio propio, y que se sirven del mismo procedimiento de las 'fake news'. Palabras que luego repiten sus medios de comunicación afines. Las mentiras continuadas para imponer un único marco mental.

Y sin embargo, cuando uno escucha a los jóvenes, emerge un lenguaje distinto porque su mundo también es otro. Gente harta, estudiantes airados porque la situación no les deja ningún futuro y reaccionan contra la violencia institucional. Quizás el primer error es no hablar la misma lengua, no entender sus canales de conversación, su inmediatez digital ante la pausa obligada de quien pide diálogo y no recibe respuesta alguna. Lo escribía Susan Sontag: “Sentirse herido es pasivo; estar enfadado es activo”.