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Dos miradas

Calle Aragó.

EFE / ENRIC FONTCOBERTA

El panorama que se avecina es tristísimo. La lenta, inexorable, persistente demanda gaseosa de intervenir (en) Catalunya se empieza a solidificar

Hay una fotografía de la Barcelona en llamas del martes por la noche que remite inevitablemente a la memoria de La Rosa de Fuego. Muchos temimos por un futuro oscuro, como si el estallido de estos días fuera la chispa que lo ha de encender todo. No soy nada partidario de pensar en maniobras maquiavélicas y no abogo para apoyar las teorías que nos hablan de la innoble capacidad de crear violencia para justificar más represión, pero la pregunta inevitable es esta: ¿A quién benefician las llamas ? A todos aquellos que dicen que "es evidente que no estamos ante un movimiento ciudadano pacífico, sino coordinado por grupos que utilizan la violencia". Es lo que dice la Moncloa, en un lenguaje milimetrado en su ambivalencia. ¿Quién ha dejado de ser pacífico? ¿El movimiento? ¿Ahora ya está bajo la coordinación de los violentos? ¿O es solo un episodio concreto y no la semana trágica que algunos quieren dibujar?

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El panorama que se avecina es tristísimo. La lenta, inexorable, persistente demanda gaseosa de intervenir (en) Catalunya se empieza a solidificar. Solo se me ocurre pensar en Gramsci, otra vez: oponer al pesimismo de la inteligencia el optimismo de la voluntad.