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Análisis

Concentración de entidades sociales y sindicatos en la plaza de Sant Jaume.

EUROPA PRESS

Tras la sentencia, ¿qué?

Eulàlia Vintró

Habrá que seguir manteniendo la calma y la paciencia y promoviendo, en la medida de lo posible, fórmulas que ayuden a la reflexión y el reconocimiento de errores

Hace ya tiempo, demasiado tiempo, que la sociedad catalana vive pendiente de unos calendarios fijados por los políticos o por los jueces que, teóricamente, deben aportar la solución a algunos problemas provocados intencionadamente. No es el momento de hacer un repaso exhaustivo, pero sí que hay que recordar que el anterior Govern de la Generalitat fijó en 18 meses el plazo para alcanzar la independencia de Catalunya y que el actual presidente reiteró que la promulgación de la sentencia del Tribunal Supremo implicaría el 'momentum', es decir el desatascador del conflicto.

No es fácil abordar las consecuencias políticas del texto judicial conocido hace pocas horas y, menos aún, en medio de una serie de declaraciones institucionales, políticas y personales que, sin haberlo leído, ya lo califican de forma rotunda y más inapelable que la propia sentencia. Una vez más, se impone el apriorismo, la superficialidad y la falta de propuestas constructivas.

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También es lógico que no sea hoy, ni los próximos días, el momento más adecuado para una reflexión reposada, fría y racional. Ahora predominan las emociones, los sentimientos y los afectos. El hecho de encontrarnos en la víspera de una campaña de elecciones generales no ayuda a enfriar la tensión acumulada y la previsión de elecciones catalanas en pocos meses lo acaba de complicar. Habrá, pues, que seguir manteniendo la calma y la paciencia y promoviendo, en la medida de lo posible, fórmulas que ayuden a la reflexión, al reconocimiento de errores por parte de los diversos protagonistas y a la voluntad de llegar a acuerdos desde el diálogo y una acción de gobierno dirigida al conjunto de la ciudadanía y no solo a los adictos.

Las primeras declaraciones institucionales desde Catalunya y desde España, aunque no incorporan ninguna novedad sustantiva, ni ninguna propuesta efectiva, más allá de escribir cartas o de ofrecer diálogo dentro de la ley, tampoco implican incremento de la tensión ya que ni las primeras hablan de desacato ni las segundas del artículo 155. Me gustaría pensar que unos y otros abandonan el tono electoralista y el afán por satisfacer a la propia clientela y que empiezan a darse cuenta de sus principales errores. Unos, menospreciar la legalidad y la fuerza de un Estado democrático, otros, renunciar a la acción política y dejar en manos de la justicia lo que nunca tendría que haber ido.

La sentencia debería abrir una nueva etapa donde, superada y expresada la contrición, eliminada la voluntad de reincidencia, que no las ideas y las convicciones, abordase, con serenidad, rigor y perspectiva a medio y largo plazo, la situación presente tanto dentro de Catalunya como en el conjunto de España así como el futuro de la organización del Estado.

Con un Gobierno en funciones en el Estado y con un Govern dividido y rival entre sus dos componentes en Catalunya no podemos tener prisa pero sí deberíamos reclamar que los problemas cotidianos de la gente fueran el eje de la acción gubernamental y que el debate político sobre Catalunya no justificara la inacción. Esta, a la larga, sí será inaceptable.