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MIRADOR

Urnas preparadas para unas elecciones.

JULIO CARBÓ

El riesgo de la palabra sobreactuada

Jordi Mercader

La actual campaña presenta para los candidatos y gobernantes el riesgo de este dejarse llevar por sus propias palabras excitadas y las de sus adversarios

La equiparación de la política al teatro es muy popular, pero, es en campaña electoral cuando la teatralidad de los políticos alcanza su punto álgido. Nada nuevo, el desprestigio de la actividad política descansa en buena parte en los excesos verbales de sus protagonistas. Éstos lo saben y aun así no parecen dispuestos a reprimir su supuesto talento creativo ni el de sus asesores. Hemos sobrevivido a numerosas y continuadas convocatorias electorales, no habría pues nada que temer, si no fuera porque la actual circunstancia se está convirtiendo en un polvorín por culpa de la conjunción de una sentencia que difícilmente será de absolución, la perspectiva de una reacción de indignación animada desde el poder independentista y las elecciones generales cuyo resultado se va ajustando a cada sondeo.

Este polvorín puede explotar por muchas razones. La sobreactuación es solo la mecha que tienen más a mano. La sobreactuación es un vicio de los malos actores. Trasladada a la política, vendría a ser una exageración verbal con la que se persiguen unos votos fáciles y que lleva implícito el engaño o cuando menos la hipérbole de la auténtica voluntad del orador. A diferencia del teatro, en política los sobreactuados suelen obtener el aplauso fácil de los entusiastas a quienes la palabra encendida e imprudente colma sus aspiraciones.

La actual campaña presenta para los candidatos y gobernantes el riesgo de este dejarse llevar por sus propias palabras excitadas y las de sus adversarios, igualmente falsas y temerosas de quedarse atrás en el ranking patriótico de cualquiera de las patrias. Se exige un alto sentido de la responsabilidad para no tomar decisiones horrorosas en función de tanta representación. Nuestro conflicto entrará en una nueva fase tras la sentencia y aunque es aventurado avanzar las características de la misma hasta conocer el fallo del Tribunal Supremo, es fácil presumir una tendencia a empeorar.

La sobreactuación puede actuar como acelerador de la tendencia. Ahí están las apelaciones a la desobediencia institucional, la instrumentalización de la cámara como aspersor de tensión, la proclamación de los dos frentes de volver a hacer lo que ya hicieron mal, la competición de los líderes del Congreso por explicarnos cual tiene una idea peor para aplicar en Catalunya a partir de las declaraciones provocadoras de la mayoría independentista, surgidas tal vez del miedo de cada socio de aparecer como timorato, hasta la Guardia Civil se ha lanzado de forma inaudita a exhibir sus hipotéticos méritos por haber llegado a donde hemos llegado.

Las reacciones se retroalimentan y el criterio imperante es el de la repercusión que pueda tener en las urnas. Para asegurar este método, cada bloque tiene a sus guardianes de las esencias dispuestos a martillear a la opinión pública para sacar rédito electoral si los hechos no responden a sus expectativas. Podría pasar que no pasara nada extraordinario, felizmente, y esto también tendría sus consecuencias electorales.