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La sentencia del 'procés'

Concentración frente a la sede de Òmnium en Barcelona para seguir la declaración de Jordi Cuixart en el Supremo.

ÒMNIUM

Tenso compás de espera

Jordi Nieva-Fenoll

De haber existido una conspiración para la rebelión, ¿no se hubiera activado tras la declaración de la independencia? Todo fue una simple pantomima electoralista para no perder popularidad

Nadie sabe aún cómo va a ser la sentencia del 'procés', pero se respira un ambiente enrarecido. Las filtraciones que han existido hasta la fecha, sean ciertas o imaginarias, apuntan a duras penas. Por otra parte, en la opinión pública española en general, inclusive la catalana, no se espera tampoco algo diferente a un duro castigo. Somos muy pocos los que, intentando observar los hechos desde una perspectiva estrictamente jurídica y no emocional, hemos argüído una y otra vez que lo sucedido no encaja ni con calzador con un delito de rebelión, pero también muy difícilmente con uno de sedición, salvo que se pretenda banalizar lo que es el grado máximo de un delito contra el orden público.

Dicho de otro modo, si es sedición convocar manifestaciones de protesta sin apenas incidentes y celebrar un referéndum ilegal a pedazos cuya única violencia se produjo con intervenciones policiales de las que nadie se ha responsabilizado aún, si algún día parte de la ciudadanía protagoniza movilizaciones del estilo de los 'chalecos amarillos' de Francia, no sé muy bien con qué tipo penal habría que investigarlas en España después de una sentencia que calificara de “sedición” lo acaecido en Catalunya. Hay que recordar que en el término de un año, casi 7.000 personas han sido detenidas en Francia y los heridos superan la cifra de los dos millares. Y hasta ahora, incluso con esas cifras, el poder judicial francés no se ha movilizado como lo hizo el español.

Argumentación coja

Pero insisto, aún no sabemos lo que van a decir los magistrados. Si van a reconocer que no hubo violencia del tipo de rebelión, pero sí han logrado avizorar que había un plan tendente a que se generara una violencia apta para que se produjera una rebelión, podríamos hablar de una conspiración para la rebelión, cuyas penas son muy parecidas a las de la sedición. Pero de nuevo, la argumentación estaría coja al faltar ese plan. Es más, si el plan hubiera existido realmente, ¿cuál fue? ¿No se hubiera activado tras la declaración de independencia? Habría que creer que los líderes independentistas, teniendo ese plan, prefirieron evadirse de la acción de la justicia o ser reducidos a prisión, lo que se compagina bastante mal con la supuesta existencia de un plan. Para acabar en prisión o en el exilio, ¿qué razón habrían tenido para no intentar eludir esos males precisamente con una insurrección?

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Como parece evidente, no había plan alguno absolutamente para nada. Todo fue una simple pantomima electoralista para no perder popularidad independentista en las siguientes elecciones, aparentando que, efectivamente, estaban siguiendo los pasos para obtener la independencia, cosa que nunca hicieron porque hoy por hoy es evidente que ni siquiera sabían lo que tenían que hacer para obtenerla, si es que se puede hacer algo en el escenario internacional actual para lograrlo. A la vista está que desde entonces no habido más que palabras vacías para intentar que el apoyo social al independentismo no decaiga. Y suerte que ha sido solamente así, porque una cadena de acciones de violencia no solamente hubiera sido rechazable desde cualquier punto de vista, sino completamente inane. 

La vía de la persuasión

Igual que lo será, lamento decirlo, cualquier movilización que intente responder a una sentencia dura. En primer lugar, la sentencia podría finalmente no ser dura en realidad, dado que el margen de imposición de penas es muy amplio incluso declarando la existencia de una sedición. En ese caso, las movilizaciones de protesta tendrán poco sentido. Pero si la sentencia es dura, los independentistas atesorarán todo el derecho de manifestación siempre escrupulosamente pacífica, como corresponde en democracia. Pero si la protesta crece en intensidad, es posible que lo único que se provoque es más dolor, pero nada que favorezca la consecución de lo que querrían los manifestantes: la independencia. La deslegitimación internacional del movimiento independentista, que ya es bastante alta, sería definitiva.

Y es que quizá alguien debiera empezar a pensar que las movilizaciones son una 'pantalla pasada', y que si realmente se desea la independencia habrá que concebir medios políticamente más eficientes para conseguirla, que sin duda existen, aunque sean menos vistosos que una manifestación. Y los que desean mantener la unidad de España, probablemente debieran olvidarse de escarmientos judiciales o de otro tipo, y entrar de una vez en la vía de la persuasión política, que es lo propio de la democracia.

En todo caso, esperemos a la sentencia.

*Catedrático de Derecho Procesal de la Universitat de Barcelona.