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Tras la sentencia del 'procés'

Los líderes independentistas, durante el juicio en el Supremo.

Volver a hacer política

Carles Campuzano

Se equivocan, y mucho, aquellos que puedan pensar que una sentencia 'ejemplarizante' forma parte de la solución a la cuestión catalana

La sentencia del Tribunal Supremo contra los líderes sociales y políticos independentistas cerrará un ciclo político y abrirá otro. Está por ver si este nuevo ciclo estará orientado a salir del pozo donde ahora estamos atrapados o, por el contrario, se continuará cavando para profundizar en la crisis institucional en la que vivimos inmersos desde hace ya varios años. En cualquier caso, y desde el punto de vista político y jurídico, la sentencia será histórica. En esta ocasión el adjetivo no está de más.

Por un lado, la sentencia determinará la consideración penal de los hechos acaecidos en octubre del 2017. Si la sentencia confirma las imputaciones del juez instructor y la fiscalía de rebelión y sedición, la dureza de las penas dejará un panorama respecto al conflicto político entre Catalunya y el Estado muy difícil de gestionar. Por otro lado, si la sentencia se mueve en esta dirección, incorporará una concepción legal de la idea de violencia extremadamente amplia y, por tanto, muy inquietante para un sistema democrático que necesariamente requiere siempre de vías para canalizar los malestares sociales y los proyectos alternativos al ordenamiento vigente. El autoritarismo político o jurídico nunca han resuelto ningún problema. Todo lo contrario. Las respuestas autoritarias o agravan el problema o retrasan su solución. Se equivocan, y mucho, aquellos que puedan pensar que una sentencia 'ejemplarizante' forma parte de la solución a la cuestión catalana.

Pocas razones para el optimismo

Razones para el optimismo, hoy por hoy, tenemos pocas. La sentencia irrumpirá en la campaña electoral de las cuartas elecciones españolas en los últimos cuatro años. Será el evento político más relevante e impactante del momento y marcará el tono y el contenido del tiempo electoral español. De momento, el grueso del sistema de partidos españoles ha decidido competir en el terreno de la mano dura contra el independentismo. En cualquier caso, la cuestión catalana explica el bloqueo del sistema político español, desde la pérdida de la mayoría absoluta por el PP de Rajoy en 2015, y continuará siendo el primer problema político en la mesa del próximo presidente del Gobierno de España.

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Pero, además, la irrupción de la cuestión de la violencia, a escasos días de la sentencia, mediante la denominada operación Judas, dirigida desde la Audiencia Nacional, ha enrarecido de nuevo, y si cabía más, el ambiente social y político. Las irregularidades de las detenciones, las filtraciones interesadas que la fiscalía ya ha solicitado investigar, la espectacularidad de la operación policial y las acusaciones desproporcionadas de la Audiencia Nacional han conmocionado a amplios sectores de la sociedad catalana. Habrá que ver qué queda de todo ello, pero la crisis de confianza de una parte del país con el sistema institucional se ha agravado. Y todo ello ha permitido que, de manera absolutamente irresponsable y en el contexto precisamente de la campaña electoral, los dirigentes políticos españoles hablen con una enorme frivolidad de la violencia en Catalunya. Parecería como si algunos de estos dirigentes esperaran, efectivamente y como verdaderos aprendices de brujo, una derivada violenta del movimiento independentista para fortalecer a su formación electoral y legitimar su discurso radicalizado e incendiario.

Un nuevo ciclo

La torpeza de algún dirigente independentista y la falta de liderazgos efectivos en el movimiento les ha facilitado el trabajo. En la medida en que el riesgo de desbordamiento violento existe siempre en cualquier conflicto, la posición política del soberanismo frente a cualquier insinuación de violencia debe ser de una contundencia total, sin ningún tipo de ambigüedad y la pedagogía del liderazgo político en favor de la acción política democrática y el civismo y el respeto al otro, como actitudes definitorias del talante del país, constante y continuado.

Decía que la sentencia empezará un nuevo ciclo. Cierto. Debería ser el ciclo del volver a hacer política, no el de continuar en la confrontación y el bloqueo. Un nuevo ciclo para encarar las soluciones democráticas y amplias que el país necesita. Propuestas nuevas, en Catalunya, empieza a haberlas. Propuestas con las que, sin renunciar a nada, se buscan salidas al conflicto, sin ganadores ni perdedores. En las Españas, de momento, no las oímos ni las leemos. En este contexto, si la política es lo que nos conviene, la política deberá encontrar salidas a las consecuencias judiciales de la sentencia. La amnistía, los indultos, la reforma del Código Penal deberán formar parte de la solución. Con presos, todo lo que necesitamos hacer deviene casi imposible.

*Exdiputado en el Congreso.