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Análisis

David Gallego, en un partido del Espanyol.

EFE

Un intruso en la élite

Ernest Alós

Volviendo a casa tras el desastroso partido ante el Valladolid (como todos: desbarajuste general y remontadas con aire de autogestión), tuve que preguntar si realmente, como me había parecido oír por la radio, David Gallego acaba de definirse a sí mismo como "supercapacitado". Claro que otro de sus argumentos era que el Espanyol había doblado en número de pases a los de Sergio González (los eternos tuya-mía entre los dos centrales en campo propio también cuentan en esta estadística). Y sí, lo había dicho. Igual que insistía en agarrarse a lo difícil que es entrar "en la élite". Y aquí se retrataba. Con sus cinco partidos de experiencia no era comprensible su autocomplacencia, pero sí esa sensación de recién llegado. Que no sé como les sonaría a un equipo con exjugadores que saben qué es jugar en el Real Madrid, el Milán, el Nápoles, el Sevilla, el Olympique de Lyón... o en primera con el Espanyol. El ídolo de mi infancia, Daniel Solsona, también se quedó helado: "Me preocupa más la rueda de prensa que el partido", dijo.

En verano, nadie parecía preocupado. Aunque el club sea propiedad de una empresa que cotiza en la bolsa de Hong Kong, el nombramiento de Gallego tras la deserción de Rubi demostraba que el fútbol es aún de los aficionados. En pleno trauma colectivo se valoraban esos exabruptos anticulés, la deuda sentimental pendiente con alquien que salvó la papeleta tras la destitución de QSF y después volvió a 2ª B, el clamor en las redes... y bueno, también que no se quejaría si en la típica temporada (jugar en Europa y refuerzos, los justos) en que el Espanyol se juega el descenso se encontraba con Ferreyra y Calleri en lugar de Borja Iglesias y sin banda derecha. Razones deportivas, las justas.  

Pero basta. Hay dos cosas que duelen del despido de Gallego. Su despido (el suyo, el casi de cualquier persona). Y la satisfacción de quienes, con ese tic tan clasista no soportaban escuchar su castellano de barrio. Los que, de ese 'supercapacitao', lo que de verdad les irritaba era el 'ao'