Ir a contenido

El agitado tablero político

Los delirios... malos son

MONRA

Los delirios... malos son

Joan Tapia

Torra sobreactúa para esconder su impotencia y la derecha tiende al tremendismo para debilitar a Pedro Sánchez

Un relevante expolítico me decía el miércoles sin ocultar su contrariedad: «No es lógico que toda España esté subordinada a la sentencia del Supremo, se judicializó un conflicto político y ahora todo pende de Marchena». 

Pero la sentencia es consecuencia de que el encaje de Catalunya en España no está resuelto. El régimen del 78 empezó bien. El 'azul' Adolfo Suárez reconoció como presidente de la Generalitat a Josep Tarradellas, un 'rojo' exilado. Jordi Pujol negoció con el centroderecha de Madrid. Felipe González y Alfonso Guerra cedieron la marca del PSOE catalán al PSC. Pero el paso del tiempo afeó el cuadro. ¿Se acuerdan de la LOAPA? ¿Pujol se excedió al poner la Generalitat al servicio de su poder personal y al ser 'español del año' por la mañana y ariete soberanista de sus jóvenes al anochecer?

El nuevo Moisés y la tierra prometida

Todo se complicó con el Estatut del 2006. Maragall no quería ser menos que Pujol. Artur Mas subió la apuesta para que CDC recuperara las arcas de la Generalitat (y las subsecuentes). Y Rajoy, tachado de blando, creyó que llegaría a la Moncloa atizando al Estatut y a su culpable (Zapatero, por supuesto).  Llegó tarde (2010) la sentencia del Constitucional y Mas se transmutó en un nuevo Moisés conduciendo a su pueblo (al 48%) a la tierra prometida. 

España, en periodo electoral, vive pendiente de la reacción catalana a la sentencia del Supremo contra los dirigentes independentistas

El realismo del 78 dio paso al romanticismo nacionalista y a una reacción de agrio desconcierto en el resto de España. Al final llegó la declaración unilateral de independencia (DUI) del 2017 que el 155 abortó. El independentismo se allanó, pero ganó las siguientes elecciones. ¿Tablas? Así, Catalunya sigue siendo la gran asignatura pendiente que, como no se sabe resolver, es usada de arma electoral por la derecha (pese al fracaso de abril). Y Sánchez, acosado, repite que no tolerará otra DUI y exhibe la E del PSOE. 

Todos reaccionan a la recaída en el unilateralismo del Parlament el 26 de septiembre que fue una sobreactuación. Bastaba ver a Pere Aragonès, el nuevo líder de ERC, educadamente sentado, mientras Torra se agitaba con fruición. Torra y Puigdemont alientan (nadie quiere enfriar a los creyentes) a la protesta contra la sentencia (cosa legítima), la desobediencia civil (derecho individual con sanción) y la desobediencia institucional, un imposible porque las instituciones no pueden sublevarse. Se vio con la DUI del 2017. 

Entretodos

Publica una carta del lector

Escribe un post para publicar en la edición impresa y en la web

El independentismo sabe que no le conviene reincidir. Torra exhibe desobediencia, pero retira los lazos amarillos minutos antes de que lleguen los Mossos. Y estos, un cuerpo policial que necesita autoconfianza, no obedece a Torra sino a los tribunales. Como es debido y como la Guardia Civil, que detuvo a los acusados de terrorismo, no siguió órdenes de Marlaska sino del juez García Castellón. Además, Torra tiene a los «presos políticos» en cárceles catalanas y no osa liberarlos. No le obedecerían los funcionarios y pondría en un aprieto a quienes prefirieron ser juzgados a fugarse.

El separatismo sabe que presume de lo que carece. No puede volver al 2017 y Torra pretende que una fuerte protesta tape la impotencia. Y que el ruido asuste, Madrid reaccione con destemplanza… y cuanto peor, mejor. 

Mientras Torra gesticula, los que cuidan el orden público (Mossos, Guardia Civil y Policía Nacional) preparan juntos que la protesta contra la sentencia –que muchos catalanes pueden secundar– transcurra dentro de la legalidad. 

Trapero dijo en el juicio –¿cierto?– que si había orden judicial tenía preparada la detención de Puigdemont. Ahora no hay duda de que el jefe de los Mossos –no confundir con el director general político que ha dimitido porque hay un grave conflicto entre Torra y la Conselleria de Interior– cumpliría la orden judicial en ese sentido si el ‘president’ violara la ley.

La imagen de Catalunya

¿Por qué pues Pablo Casado y Albert Rivera atienden más al ruido –a veces intenso–- que a las nueces, exigen con tremendismo otro 155 y dañan la imagen de Catalunya, en la que pese a las tensiones se vive y trabaja con normalidad? ¿Por qué el independentismo más realista –desde ERC al PDECat– no frena a Torra cuyos gestos arriesgan alimentar la intransigencia de sectores dirigentes españoles?

Los primeros creen que así pueden derrotar a Pedro Sánchez que, curándose en salud, insiste en que no tolerará otra DUI. Los segundos, por la situación de los presos, que duele a muchos catalanes, no solo separatistas, y porque en período electoral no quieren desmovilizar a los suyos.

Catalunya no solo sigue siendo el problema, también provoca delirios. En el independentismo. Y en relevantes sectores españoles. Y los delirios… malos son.