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Análisis

Cargas policiales durante la jornada del 1-O.

JORDI COTRINA

Seguimos donde estábamos

Berta Barbet

El 1-O todo el mundo se cargó de razones para convencerse de que era imposible dialogar con el otro lado

Ningunade esas razones va a servir para solucionar el conflicto

Se ha hablado mucho del 1 de octubre de 2017 y todo lo que lo rodeó. Desde muchos prismas y miradas. Desde muchas perspectivas y con muchas hipótesis. Pero creo que aquel día, y todo lo que rodeó antes y después, fueron principalmente un líquido congelante que dejó el conflicto inmovilizado en el punto en el que estaba. Después de años de enfrentamiento dialectico, parecía claro que la situación había acabado en tablas. Ninguno de los proyectos tenía suficiente fuerza para poder implementar su programa, y por aquel entonces empezaba a ser muy complicado negar esta situación. Pero el 1 de octubre, y todo lo que lo rodeó, generó suficientes agravios a unos y otros como para bloquear este proceso y congelar la situación en el punto en el que se encontraba.  Desde hace dos años, los resquemores por errores ajenos pesan mucho más que los reproches por los errores propios en el discurso público de todos los lados y así el conflicto no ha podido más que enquistarse.

Dos años después tanto los postulados independentistas como los de los defensores de las acciones más duras contra el independentismo se han demostrado falsos. Ni se tenía ni se ha tenido nunca la capacidad de conseguir la independencia, ni las acciones unilaterales nos han acercado a este objetivo; ni la base electoral del movimiento ha desaparecido cuando el liderazgo político se ha desarticulado, ni se puede vivir de espaldas a más del 40% de la población de un territorio en un estado descentralizado como el español. Sin embargo, estas constataciones no han servido en ningún caso para movernos hacia posiciones más flexibles que busquen acercar posiciones. Solo hemos conseguido apelaciones a ampliar la base que se basan más en que la base se una a la causa que en cambiar la causa a una más amplia. Y intentos de diálogo condicionados a que el contrario abandone previamente sus posiciones, muy poco realistas. Gestos de cara a la galería sin voluntad real de suponer un cambio de estrategia.

Estamos pues en el mismo sitio en el que estábamos y, si no hay ningún giro inesperado en los próximos meses, aquí seguiremos durante años. Sin grandes movimientos hacia ninguna parte, pero con una lista cada vez más larga de reproches y acusaciones. Reproches que no sirven para avanzar hacia ninguna solución al conflicto, pero que permiten movilizar y mantener unidas a las bases respectivas.

Ni el independentismo tiene fuerza para conseguir avanzar hacia la independencia, ni las fuerzas que pretenden no ceder ante sus demandas pueden evitar que su fuerza electoral sea suficiente como para bloquear la gobernanza en Catalunya y quizá también en España sin caer en acciones contrarias al estado de derecho. Aquel 1 de octubre todo el mundo se cargó de razones para convencerse de que era imposible dialogar con el otro lado, y eso lo permitió no abandonar a los suyos en un momento tan complicado. El problema es que ninguna de estas razones va a servir para solucionar el conflicto. Seguimos dónde estábamos.