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Ciencia

Unos rayos misteriosos

MONRA

Unos rayos misteriosos

Adela Muñoz Páez

Su uso en medicina se extendió gracias a los médicos que anticiparon las ventajas de uso y se dedicaron a poner a punto fuentes de rayos X para atender a los pacientes

A la vuelta de vacaciones hay que hacerse revisiones médicas y en algunas de ellas se emplean rayos X. Mamografías, revisiones de los aparatos digestivo y respiratorio, fracturas, etc, los rayos X forman parte del ejercicio rutinario de la medicina y en su empleo se siguen rigurosamente los protocolos de protección para evitar los efectos indeseados, especialmente en el personal sanitario que los usa a diario. Hoy resulta sorprendente recordar que disponemos de esta potente herramienta de diagnóstico y terapia desde hace poco más de un siglo, y que hace tan solo cincuenta años, dedicarse a la radiología era una ruleta rusa en la que el médico tenía muchas probabilidades de desarrollar cánceres que se iban comiendo los dedos de las manos, las manos enteras y luego los mataba.

Todo empezó el 28 de diciembre de 1895, el mismo día que los hermanos Lumière hicieron la primera sesión pública en París de su famoso cinematógrafo, cuando Wilhelm Röntgen, profesor de física de la universidad alemana de Wurzburg, hizo pública la existencia de los rayos X. Los había descubierto mientras estudiaba los rayos catódicos, llamados así porque salían del cátodo o electrodo negativo, que se producían en tubos de vidrio que contenían gases a muy baja presión sometidos a una descarga eléctrica; poco después se demostraría que los rayos catódicos eran chorros de electrones. Mientras realizaba estos experimentos, Röntgen observó que, junto con los rayos catódicos, se producían unos rayos en los que nadie había reparado porque eran invisibles; él se dio cuenta de su existencia porque hicieron brillar una pantalla fluorescente que había en una mesa vecina por casualidad. ¡Los nuevos rayos eran capaces de atravesar las paredes del tubo!

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Tras este descubrimiento fortuito, Röntgen se encerró en su laboratorio durante seis semanas, sin salir de él ni para comer ni para dormir, hasta confirmar su existencia e identificar sus propiedades. El hecho de que los rayos X permitieran ver el cuerpo humano por dentro, como puso de manifiesto la radiografía de la mano de Bertha Röntgen, atrajo la atención de la clase médica e hizo volar la imaginación del público en general. Por ello, a pesar de la precariedad de las comunicaciones de la época, la noticia dio la vuelta al mundo unos días después de hacerse pública y al poco tiempo los rayos X se empleaban para localizar objetos tragados por accidente, balas, así como para identificar fracturas. También comenzaron a usarse como tratamiento de tumoraciones malignas, e incluso con fines comerciales insospechados: en muchas zapaterías hubo fuentes de rayos X para evitar a los clientes la molestia de tenerse que probar los zapatos.

La curiosidad

Su uso en medicina se extendió gracias a los médicos que anticiparon las ventajas de uso y se dedicaron a poner a punto fuentes de rayos X para atender a los pacientes, así como los protocolos de uso. Algunos de estos médicos, como el doctor Antoine Béclère, un inmunólogo francés que comenzó a usarlos para diagnosticar tuberculosis, tuvieron que aguantar que sus colegas dijeran que estaban “deshonrando el cuerpo médico, convirtiéndose en vulgares fotógrafos”. A pesar de las protestas de los médicos refractarios a las innovaciones, la gran utilidad de los rayos X en múltiples campos de la medicina hizo que su uso acabara por imponerse. Posteriormente, cuando se pusieron de manifiesto los peligros que acarreaban, el personal sanitario cambió drásticamente su forma de usarlos y las dosis de radiación recibidas por los pacientes se ajustaron al mínimo imprescindible.

El objetivo de entender mejor
el mundo que nos rodea,
 puede cambiar el mundo

Röntgen recibió el primer premio Nobel de Física en el año 1901, con todo merecimiento, por el descubrimiento de los rayos X. Pero ¿qué fue lo que le llevó a descubrirlos? Él no tenía ninguna vinculación con la medicina, además de que era imposible que pudiera imaginar las aplicaciones que los rayos misteriosos podrían tener en ella. Es más, ni él ni nadie había intuido la existencia de los rayos X.

Lo que le permitió descubrirlos fue la curiosidad. De entrada la curiosidad por saber más sobre los rayos catódicos y una vez que hubo descubierto los nuevos rayos, la curiosidad por saber más sobre ellos.

El descubrimiento de los rayos X es un excelente ejemplo de que la ciencia fundamental, la que se hace sin estar enfocada a resolver un problema concreto, sino simplemente con el objetivo de entender mejor el mundo que nos rodea, es la que de verdad puede cambiar el mundo. Como, de hecho, cambiaron el mundo unos rayos tan misteriosos que fueron denominados X, el símbolo empleado para las variables desconocidas en matemáticas. 


*Catedrática de Química Inorgánica de la Universidad de Sevilla y miembro de la Red de Científicas Comunicadoras.