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El conflicto catalán

Un momento decisivo

Un momento decisivo

Joaquim Coll

Lo que suceda en las próximas semanas marcará un punto de inflexión en la política catalana. Pese a los muchos temores, no significa que vaya a pasar nada grave. Pero lo que sea que ocurra nos dejará una imagen bastante precisa de la correlación de fuerzas y del estado anímico de los diferentes actores. Hay por delante dos hechos relevantes. El primero es la moción de censura este lunes contra Quim Torra. Es probablemente la última oportunidad que tiene C' para rehacer su pésima imagen desde que se alzó como la fuerza más votada en aquellas autonómicas del 2017 convocadas con el artículo 155. Desde entonces no ha hecho más que equivocarse, desperdiciando por ejemplo el enorme atractivo político que tenía Inés Arrimadas, por culpa sobre todo de la estrategia frentista de Albert Rivera. La entonces líder naranja en Catalunya no quiso presentar hace un año una moción de censura con el pobre argumento de que estaba condenada al fracaso. Finalmente, Arrimadas abandonó el Parlament sin mayores explicaciones para encabezar la lista al Congreso, obteniendo un pobre resultado.

El único objetivo ahora de esta moción es reflotar la imagen de C' como primera fuerza del constitucionalismo, lanzar la candidatura de Lorena Roldán y acusar al PSC de equidistante por abstenerse. Más que una moción para echar a Torra es una maniobra para taponar la fuga de votos hacia los socialistas. En cualquier caso, es una ocasión para corregir el rumbo hacia el desastre. Pero el eje de la política catalana gira principalmente en torno a la inminente sentencia del juicio al 'procés'. El independentismo se siente derrotado. No dispone de estrategia ni de agenda propia. Todo lo fía a que un veredicto de culpabilidad muy duro encienda una gran protesta civil que desborde al Estado y resucite el 'procés'. Desde hace meses intenta reservar fuerzas, ante las muestras de cansancio de su parroquia, para cuando llegue el momento decisivo.

Hay expectación por ver qué ocurre ante la llamada a paralizar la vida ciudadana unos días. Pero es poco probable que fructifique una nueva “aturada de país” como la del 3-O ni que sucedan altercados muy graves. La clave es la actitud de los Mossos, cuyos mandos parecen esta vez determinados a hacer cumplir la ley. Lo demostraron con el dispositivo que hicieron el pasado 1-O, aniversario que pasó sin pena ni gloria. Así pues, es improbable un nuevo 155 ni que vaya a aplicarse la ley de Seguridad Nacional. Otra cosa es que el Gobierno en funciones de Pedro Sánchez haga bien en advertir al Govern de que no tolerará ningún desacato. También por razones electorales, claro está. Hace bien porque Torra es un potencial factor de desestabilización, aunque toda su desobediencia se haya limitado a no retirar a tiempo una pancarta. Pero la duda existe porque actúa como un pollo sin cabeza y ERC tiende a arrugarse a la mínima presión de los más radicales. Lo vimos hace dos semanas en el Parlament cuando legitimaron retóricamente la unilateralidad y la rebeldía institucional. Pero si pasan al terreno de los hechos, las víctimas del desbordamiento van a ser ellos.