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ANÁLISIS

Messi, Suárez y Dembélé celebran el gol de la victoria

La extraña naturaleza del tridente

Albert Guasch

Messi y Suárez parecieron jugar con mayor naturalidad sin Griezmann, y esa es una realidad incómoda

Acuñó Di Stefano una interesante idea sobre aquella liga italiana del cerocerismo. Decía que era la más divertida de lunes a sábado, en los periódicos, en las tertulias, en las polémicas, pero que luego llegaba el domingo y los partidos eran un auténtico y gigantesco bostezo. Algo similar podía aplicarse al FC Barcelona últimamente. Produce entretenimiento entre semana, ahí están esas declaraciones de Piqué sobre el columnismo y la directiva para animar los días muertos, pero cuando suena el pitido arbitral a menudo se caen los párpados como piezas de plomo.

El sentido o no de espectáculo del equipo azulgrana ha formado parte del debate barcelonista en toda la era de Valverde. Se ha hecho desde la superioridad del resultado, con la panza llena, raramente desde una inferioridad manifiesta ante el rival. Ahora esta temporada todo eso ha cambiado. Se tarda en encontrar fluidez en el juego, las victorias cuestan más. Y encima, ayer hubo un nuevo elemento para acomplejarse: el Inter, en la primera parte, pasó por encima del Barça con un fútbol de buen gusto, combinando en corto, saliendo de su área con riesgo, como tantas veces se le ha visto al equipo azulgrana desde los tiempos de Guardiola. Si lo viera Di Stefano

Cómo la movió el Inter. Algunos prejuicios sobre Antonio Conte, su gesticulativo entrenador, se desmoronaron en el Camp Nou. Plantó un Inter tan bien trabajado que en ocasiones el Barça pareció un edificio aún sin paredes, en particular en la zona que más tiene que lucir, la delantera. Este tridente pega mal, combina raro, como muchos presumían al anunciarse el fichaje de Griezmann. El francés se habla poco con Messi fuera del campo y dentro tampoco parecen entenderse. Lo mismo sucede con Suárez, por mucho mate que Antoine traiga de casa.

Sin extremo

El Barça echó de menos un extremo durante un buen rato, en particular al no contar con un lateral profundo como Alba. Debería ser la tercera pata del equipo, pero aunque Valverde relativice el problema, se hace palpable que Griezmann no juega cómodo en la banda y no encuentra su sitio por en medio junto a los dos amos del vestuario, que se crecieron lo indecible sin el francés. Cuidado a ese detalle, que puede dar que hablar.

Todo el Barça, en la segunda parte, se reanimó de forma prodigiosa, por vía de Arturo Vidal, quién lo iba a decir, y Dembélé, abriendo de una vez el campo. Hubo mucho de amor propio en la remontada, pero hubo sobre todo un reordenamiento en la presión que aligeró a Suárez y despertó a Messi, cuyo primer regate limpio facilitó el segundo tanto azulgrana. Se le vio flojo físicamente durante todo el partido y milagrosamente en los últimos 15 minutos el argentino pareció recibir una transfusión de oxígeno.

No hubo nada plomizo en la segunda parte. Al contrario. El equipo se reactivó cuando se temía lo peor. Valverde retocó con una precisión que conviene subrayar. Pero jugó con fuego. Y tras la celebración habrá que pensar aún más en cómo usar a Griezmann. Los dos amigos parecen correr con naturalidad sin el extraordinario delantero francés. Existen jerarquías, es evidente, pero conviene analizar si el sentido colectivo necesita al último fichaje o funciona mejor con Dembélé o el ayer ausente Carles Pérez. Es un debate incómodo, estamos hablando de 120 millones de euros, pero la realidad se va haciendo tozuda. Hay tema para entretener lo que queda de semana.