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La protección del medioambiente

Vista aérea de un tupido paraje de la selva amazónica

NATURALIS DIVERSITY CENTER

Pactar con la Tierra

Jaume Subirana

A veces, para cambiar las cosas hay que atreverse a escuchar (y luego poner en práctica, por supuesto) ideas contraintuitivas, o que lo parecen hasta que demuestran su eficacia

Estos días leemos conmocionados los planes del presidente Trump para levantar la protección al Tongass National Forest, en Alaska, la reserva forestal y minera más grande de Estados Unidos (con una superficie de 68.000 kilómetros cuadrados, dos Catalunyas, establecida por Theodore Roosevelt a principios del siglo XX), para permitir las perforaciones petroleras. Y en verano hemos asistido al espectáculo mediático del presidente brasileño Jair Bolsonaro rechazando la ayuda de la Unión Europea para luchar contra los incendios que devastaban la Amazonia. No son gestos nuevos ni se dan solo en el continente americano. De hecho, fue en América donde se inició el movimiento justo en la dirección opuesta, la de la protección de la naturaleza: el primer parque nacional del mundo fue el de Yellowstone, establecido en 1872, y figuras como el naturalista John Muir (nacido en Escocia e inmigrado a Wisconsin) con sus textos y su activismo -y, dicen, una noche de vivac con el presidente Roosevelt en 1903- fueron fundamentales en el establecimiento de la red de Parques Nacionales y en el cambio de actitud de los gobernantes del país del Far West hacia una especie de ecologismo primigenio que, seguramente, salvó espacios maravillosos como los parques Yosemite Sequoia.

"The mountains are calling"

La frase de Muir que ha hecho más fortuna (hoy estampada en camisetas, pegatinas e imanes de nevera), "Las montañas me llaman, y tengo que ir", lo consagró ya en su época como un 'preservacionista' que veía los grandes parques como espacios para el descanso, la inspiración y la oración, en debate con la idea de explotación forestal científica que propugnaban 'conservacionistas' como Gifford Pinchot (primer jefe del US Forest Service).

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Entonces, parecía que el avance o la modernidad estaban en el lado de la explotación racional, pero con el paso de los años y el aumento imparable de la presión del hombre sobre el territorio, somos cada vez más los que pensamos en el silencio y la no-acción como alternativas reales a un colapso futuro. A veces, para cambiar las cosas hay que atreverse a escuchar (y luego poner en práctica, por supuesto) ideas contraintuitivas, o que lo parecen hasta que demuestran su eficacia. Tales como, por ejemplo, y sin salir de California, luchar contra los incendios quemando bosques de forma controlada para eliminar árboles muertos y aclarar el sotobosque.

A todo el mundo le parece evidente que un gobernante debe hacer el esfuerzo de llegar a acuerdos con sus rivales políticos (aunque seguramente estos días no son los mejores para afirmarlo en España), y todo el mundo firmaría también la idea de que para gobernar rectamente los políticos deben pactar con los ciudadanos. Pues bien: más allá de los otros políticos y de los ciudadanos hay hoy un pacto más primario, más elemental, pero radicalmente necesario, y prioritario: el pacto con la Tierra, con la naturaleza. Las montañas (y los valles y los ríos, y los árboles, y el mar) nos llaman y no podemos seguir simulando que no los oímos. A pesar del ruido de los coches, de los aires acondicionados, de las campañas electorales y de los lobis, políticos y ciudadanos debemos ser capaces de hacer como John Muir y pensar y decidir a contracorriente.

*Profesor de la UPF y profesor.