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Análisis

Un AVE Talgo similar al propuesto para la línea Medina-La Meca.

-- (EFE)

Tren, coche y avión

Josep-Francesc Valls

La liberalización ferroviaria puede convertirse en la oportunidad definitiva de cambiar los hábitos de los europeos

Se apuran las gestiones para constituir los tres o cuatro grandes consorcios que competirán con Renfe a partir del año que viene. Los ganadores podrán circular libremente por la red ferroviaria española. El 31 de octubre, Adif cierra el plazo. Lo mismo ocurre en el resto de los países de la Unión. Es el arranque de la última fase de la liberalización que se iniciará el 14 de diciembre del 2020.

Aunque algunos países de la UE se habían avanzado a este proceso, la mayoría ha esperado, como España, hasta el último momento. Entre el 2020 y el 2030, Europa experimentará el mayor cambio en el transporte de la historia. Las arcas comunitarias se han vertido en el empeño. Dos claros objetivos. El primero, la vertebración definitiva del territorio. El segundo, alcanzar los indicadores medioambientales, maltrechos, que se han fijado.

Si se gana la apuesta, vencerá sin lugar a dudas la alta velocidad ferroviaria y perderán irremisiblemente el automóvil privado y el avión.

El primer aspecto tiene que ver con la vertebración europea. Entre los valores de cohesión europeos de los Tratados de Roma, pocos se han traducido a la legislación comunitaria del transporte ferroviario. En muchos rincones de Europa permanecen “corredores del mediterráneo” sin construir (cerrazón centralista); baja coordinación entre la alta velocidad y las cercanías (desinterés organizativo); y excesivos tramos de vía estrecha (para que el enemigo no pueda invadir).

Lo mismo se puede afirmar respecto al transporte terrestre y aéreo. Los países y los hóldings nacionales han sido extremadamente celosos de sus trenes, de sus carreteras y de sus espacios aéreos. Ha costado décadas consensuar un plan financiero extraordinario como el del 20-30.

Sostenibilidad 

El segundo aspecto tiene que ver con la sostenibilidad. A lo lejos, aunque muy cercanos, se escuchan estos días desde Nueva York los clamores en favor de la sostenibilidad del planeta. No es un grito más. Esta vez son los jóvenes quienes nos hacen sonrojar por el modelo de desarrollo de los últimos cuarenta años basado en el uso intensivo de energías sucias. El transporte por carretera significa el 71% de todas las emisiones de CO2; no en vano circulan por Europa un coche por cada dos habitantes. 

El aéreo contribuye con el 13% al deterioro medioambiental, suponiendo 2 viajes por habitante. Mientras que el ferroviario, que es de uso masivo entre la población, contamina un 1% (datos de Eurostat).

Se trata de promover modelos de transporte más eficientes, baratos y cómodos, tanto en viajes de trabajo como de ocio, por una parte; y de reducir el 40% de las emisiones de CO2 para 2030, por otra, como indicaba el semestre pasado el Parlamento Europeo.

La liberalización ferroviaria puede convertirse en la oportunidad definitiva de cambiar los hábitos de los europeos. Ello exige la aplicación de medidas drásticas a la industria del transporte en general para reducir la contaminación, y el pago de tasas medioambientales según los efectos producidos. Además de la restricción de los cupos aéreos y del uso de determinados tramos terrestres para adecuar las infraestructuras a un uso menos irracional.

Temas: Transportes